anoche ganaba Osasuna en Vigo, y nos alegraba la cena y la corta sobremesa antes de retirarnos a descansar. En ella comentaba a los amigos que allí nos citábamos, no solo lo bien que había ido el día en Zahariche, sino el problema que nos esperaba al día siguiente en el campo gaditano. La última hora hablada con el ganadero José G. Cebada era que la finca estaba impracticable, y que solamente el tractor entraba donde, la larga camada de la casa para su encierro pamplonés, estaba alojado. Cierto que en esa zona, en menos de una semana, habían caído 800 litros por metro cuadrado. Y ante eso, la respuesta que se me ocurría fue que ya los veríamos desde la tapia, y si no, aprovecharíamos el tractor y con su ayuda nos acercaríamos hasta distancia apropiada. Y así, con esa esperanza desayunábamos esa mañana, a la espera de Kiko y Silva, que se apuntaban al evento que nos tocaba mientras el relato, un día más se iniciaba con lluvia, bastante fuerte, en unos inicios matinales grises, color invierno Pamplona.

Encogidos por el mal tiempo.

Con la llegada de los jóvenes marchábamos los cuatro camino de la salida por La Cartuja, zona más hábil en estos momentos de inundaciones. Silva nos cuenta cómo está la cosa en estas zonas. Él trabaja en el campo y me comenta que aún está cerrada la vía que nos lleva a Fuente Ymbro, ósea que tenemos el día de mañana en el aire, también. De La Zorrera que vimos de paso el otro día camino de Tarifa vamos a visitarla con doscientos litros más, y la visión es dantesca. Animales llenos de barro, torrenteras que caen hacia la finca haciéndoles imposible moverse a su antojo, novillos atrapados en medio de un barrizal con más de un metro de agua. Todo lo que nunca quieres ver en un mundo bucólico de paz y alegría sin fin que se respira en el campo, donde se idealiza la vida. Pero la dureza de esta forma de vivir se refleja ya en la entrada, donde el movimiento es incesante. Dos tractores andan moviendo ganado a zonas más altas, dos vaqueros en cercas intentando echar una mano. El ganadero Salvador a todo atento, nos ve y viene a saludarnos. Están algo desesperados porque se ahoguen los comederos y los bureles pierdan su presencia, por cómo está todo, por no poder mover a los toros. Normalmente los toros de Pamplona están unos detrás de casa y otros en el corral junto a la placita de tientas. Ambos sitios tienen demasiada agua para ser habitados, así que están en el corral más alto de la zona, y aún y todo, como veremos más tarde, de imposible acceso con el mejor todoterreno del mercado. Hemos decidido echar poco pienso más veces al día y así que coman enseguida y no se agüe su manjar, dice, y comentamos el posible cierre techado de una zona que tienen previsto ya. Aparece su hermano José, con quien hemos quedado, y nos despedimos de Salvi que continúa con su estresante y larga semana. Hoy es sábado, y hay más tráfico en la finca que en medio de Jerez días atrás. Enseguida José me pregunta por todo lo que he podido examinar por ahí, y cuando le cuento lo visto y las situaciones de cada casa, sólo señala cómo tienen lo suyo. Está todo igual de mal en todos los sitios, comentamos. Ahora llega tu transporte, dice viendo bajar al tractorista con el carro de comida, y entre risas del resto, que saben que se van a quedar bajo cubierto mientras arrecia la lluvia, David y yo no dudamos, y a por ese taxi nos lanzamos. Agarrados a cada lado del conductor, deslizamos por el terreno encima de las grandes ruedas, y a cuerpo limpio nos presentamos ante una gran camada de cinqueños que tienen preparados. Mojados, pelos rizados, de todo tipo de pelaje y con la misma condición de caras, que en este caso son espectaculares y más que apropiadas para lo que exige Pamplona, nos presentamos en medio de todos ellos, que hacen el esfuerzo increíble de venir a los comederos. No hace diez minutos que tienen la comida y el cuadro es penoso, pero como dice el dicho americano, es lo que hay. Al mal tiempo, buena cara que diría un castizo. Hablamos del esfuerzo que hacen por moverse en terrenos tan pantanosos, y me parece mayor esto que correrlos cuatro kilómetros en seco. Se ven encogidos por el agua y el frío, y sin embargo, darían plaza hoy mismo corriendo por La Estafeta. Apenas media hora rodeados por estos castigados animales nos deja a las claras lo determinante que supone la Feria del Toro para la familia Cebada, y eso será lo primero que nos pregunte el ganadero a la vuelta del mojado recorrido, mientras yo lamento el posible deterioro de las pezuñas que se pueden reblandecer en exceso si este tiempo continúa. Todo pinta mal, pero igual sale el sol y no ven más agua en meses. La vida en el campo, siempre quejoso. Y de eso hablamos, entre otras muchas cosas todo el día. Subimos a la Venta Pascual, como es tradicional. No se puede venir a estos lares y no pasar a visitar a Pascual, sentado en su silla dentro de la barra. Allí, su hijo Pedro que está al mando del negocio nos espera con una buena y surtida mesa para los que allí nos citamos. El primero Juan Cid, responsable de Torrestrella, aún de luto por la reciente muerte de su jefe, Don Álvaro Domecq, y al que todo el mundo da el pésame. Yo, por segunda vez. Ésta en persona. Saludamos a mucha gente del toro que suelen aperitivar, hoy hasta tarde, entramos a solas en el salón, porque nos abre a nosotros, ya está preparada la comida con uno de los mejores platos de rabo de toro del mundo, y terminamos con una larga sobremesa donde charlamos sobre lo que nos une a todos. El día no lo ha podido deslucir ni este tiempo infernal. Mañana amanecerá otra vez, y anuncian sol. Ya es hora de verlo. l

Aguantando el temporal.