A Helena Taberna (Altsasu, 1964) no le gusta el adjetivo “valiente” cuando se refieren a los años en los que luchó y luchó por sacar adelante el proyecto de Yoyes. “Tenía que contar esa historia”, insiste la cineasta navarra en esta entrevista celebrada en el contexto del 25º aniversario de la película que se acerca a la figura de Dolores González Katarain Yoyes, la primera mujer que accedió a la cúpula de ETA y que fue asesinada en el mercado de Ordizia delante de su hijo en 1986 por este grupo terrorista cuando decidió abandonar la organización.
Taberna consiguió filmar esta película, que supuso su estreno en el formato largo, en la tregua que siguió al Pacto de Estella de 1998, y acabó estrenándose, con mucha dificultad, a finales de marzo del 2000, pocos meses después de que ETA hubiese roto la tregua. Yoyes se verá este miércoles en el Artium de Gasteiz, el viernes en Tabakalera y el sábado en la Bizkaia Aretoa de EHU en Bilbao, dentro del nuevo ciclo de Cine Vasco organizado por la Filmoteca Vasca.
La proyección de Donostia, además, contará con la presentación de la propia Taberna, junto a la investigadora y profesora de Deusto María Pilar Rodríguez y la realizadora donostiarra Lur Olaizola, responsable del cortometraje Hirugarren koadernoa, en el que Ana Torrent vuelve a meterse en la piel de Yoyes, al igual que en el caso de la película de Taberna, para leer los diarios íntimos de la ordiziarra.
25 años después del estreno de ‘Yoyes’, su puesta de largo en la pantalla grande, ¿cómo encuentra la película?
–Tengo una sensación bastante satisfactoria por haberla hecho, que tuviese en el momento de estreno la repercusión que tuvo y que, después, en todo este tiempo, haya habido un respeto tan grande con esa película. Creo que eso tiene mucho que ver también con la honestidad de fondo de la película.
¿Por qué elegir contar la vida de ‘Yoyes’?
–Cuenta todo en lo que consistía el conflicto en aquel momento, sobre todo, centrado en el personaje de Yoyes, desde el momento en que pierde la vida. Se perdió una mujer con talento, con inteligencia, con sensibilidad. A mí me importaba mucho eso. Las muertes trágicas conllevan siempre que la imagen de la persona esté en la muerte, en lugar de en la vida.
¿Conocía bien la historia?
–Era una mujer de mi tierra y con una dosis importante de curiosidad por la vida, de compromiso y de valentía. Entró en ETA y, en un momento determinado, la situación le sobrepasó y se salió. También existe el derecho a cambiar, a equivocarse en la vida. Era un personaje muy atractivo. Hice la película también desde mi feminismo también y desde mi amor también a este país.
Todo el proceso fue muy difícil.
–Cuando veía el cine el cine irlandés de la época, pensaba: “Qué bien que que hagan tan buen cine y que encima nos ayuden a reflexionar sobre un conflicto”. Yoyes favoreció que eso también se diera en todo el Estado pero, especialmente, aquí. Eso me llenó de gozo porque fue un poco catártico.
¿Cómo recuerda el estreno?
–Al principio hubo dificultades para colocarla en salas. Pero cuando la estrenamos, tuve siempre la sensación de la fuerza de la película: que lo que estaba contando era la verdad y eso no podía hacernos mal a nadie. Ana Torrent suele decir algo que me gusta, que cree que la película no solamente ha envejecido bien, sino que ha ganado con el paso del tiempo. Ahora la vemos en un momento más tranquilo, no está pasando la muerte no está alrededor.
Suele rechazar el término “valiente”, cuando la definen así por haber rodado esta película. La filmó en la época de la tregua de Lizarra-Garazi, pero en un momento en el que el grupo terrorista estaba en activo, era su primera película, era un sector aún más machista que el actual... Lo tenía todo en contra como para no ser valiente o, al menos, un reto.
–Todo un reto. Lo mío me costó. Estuve años y años con el proyecto. Existe un artículo de Carlos Roldán que habla de las vicisitudes...
Lo conozco.
–Las dificultades fueron de todo tipo y condición. Se podría hacer una película de ese proceso también. Ese proceso me educó en una cosa importante: para ser cineasta, no solamente para ser cineasta mujer –aun que para eso, más todavía–, hace falta un talento: el de la persistencia. A mí me gustaba tanto el cine que quería entrar en el ese cine que cuenta historias y que emociona y transforma.
¿Cree que ‘Yoyes’ transformó la sociedad?
–Al principio se estrenó en muy pocas salas, pero la gente iba y se emocionaba al final de la película. Me parece a mí que en ese momento hacía falta la reflexión desde la emoción. Cuando la razón ha perdido el rumbo, ver una muerte genera una reflexión que va por otro sitio mucho más profundo y más interesante.
Para una parte de la sociedad ‘Yoyes’ era una traidora y para otra parte una asesina. Eligió contar la vida de una persona compleja y con sus contradicciones.
–¡Me podían haber machacado desde todos los lados! Tenía que contar eso, tenía que contar todo lo que pasaba. Así como hubo resistencia contra los nazis y hubo mucha pelea, en el Estado la lucha antifranquista no se prodigó. Yoyes entró en ETA en un momento en el que creían que podían lograr una sociedad más rica, más social, más culta, que permitiese el uso del euskera y otras luchas a favor de la libertad. La vida y el cine son complejos y lo que me gustaba era la idea de hablar de las luces y las sombras de todas las personas que estaban implicadas. No eran malos solamente unos, hubo también juego sucio.
La película también retrata al GAL.
–Eso también era peligroso contarlo. Yo supe que esa película la tenía que hacer. La palabra que me dijeron en entonces y me han vuelto a repetir siempre en todos los foros y las universidades y festivales en los que todavía sigo presentando esta y otras películas es que “mi cine es honesto con la verdad”. Al principio, cuando quieres ser cineasta, quieres más éxito y otro tipo de alabanzas más pomposas, pero a medida que ha pasado el tiempo me parece que la honestidad es más importante porque se acerca a la verdad y, por lo tanto, a la belleza. Creo que me he vuelto mejor persona después de hacer cada una de las películas que he hecho.
¿No tuvo miedo en algún momento del proyecto?
–Pues no, no tuve. Lo que tuve fue la fuerza y las ganas de contar esa historia. Cuando se me ocurrió hacer esa película, me pareció que el personaje de Yoyes era tan cercano a mí, que hablaba de tantas cosas que hablaba de cosas que me importaban a mí tanto... Peleé mucho por hacerla y, luego, por hacerla bien y que el personaje cogiese todos los matices que necesitaba, que la verdad vaya fluyese y que el espectador tuviese todas las piezas para tomar sus decisiones. En mi cine, el público con toda la información, también toma sus decisiones.
Llamó a las puertas de Elías Querejeta y Enrique Urbizu que, al final, acabaron desisteresándose. Finalmente, fue Enrique Cerezo quien la produjo.
–Me moví con todos los productores que creía que eran más lógicos para esta propuesta. No mostraron mucho interés. Alguien me facilitó el nombre de Cerezo, al que yo ni siquiera conocía. Apostó por ella. La película la rodé sabiendo que tenía un material muy delicado y no quería que ninguna mano interviniese en ella, por ejemplo, en el montaje. Los contratos los firmé ya entonces, de manera que la película hiciese única y exclusivamente yo. Con esa seguridad asumí la película, porque era lo que creía y lo que creía que debía contar para que el espectador tuviese la información completa y pudiese entender cómo era la vida de esa mujer.
Costa-Gavras y Jorge Semprún se interesaron por el proyecto pero, precisamente, les faltó conocimiento de campo.
–Yo sí que conocía el personaje. Marguerite Yourcenar decía que cuando te has documentado bien, tienes una piedra auténtica y, por lo tanto, ya puedes modelar como quieras. En un momento, después de haber leído sobre ella, de estar cerca de gente que conocía a Yoyes y analizar mi propia biografía, me di cuenta de que ya tenía la piedra auténtica y ya de estaba salvada. Si hay verdad en ese momento, todo sale bien y salió bien.
¿Cómo convenció a Ana Torrent para este papel?
–Como yo estaba convencida, convencí a casi todo el mundo (ríe). Suele decir que es el personaje más complejo que ha interpretado nunca.
Y, en cierta medida, volvió a él en el trabajo ‘Hirugarren koadernoa’, de Lur Olaizola.
–Me gustó mucho. Es como si Yoyes volviese otra vez a leer sus diarios de mayor. Qué bonito es que exista, que ya tengamos la suficiente cinematografía para hacer algo así. A mí me costó mucho ver cine hecho por mujeres que me gustase y poder pensar en ser directora de cine. Entonces, que ya haya un personaje que te haya atrapado y que puedas seguir trabajándolo como ha hecho Lur, es algo muy bonito. Ahora se ha conformado un triángulo, aquí y ahora entre Ana, Lur y yo en torno a un personaje que nos ha fascinado como Yoyes.
¿El rodaje fue tan secreto como dicen?
–Pues no. Lo que sí hicimos fue ponerle otro título. Tuvimos la suerte de rodar en un periodo de calma.
Fue durante la tregua de ETA que siguió al ‘Pacto de Lizarra-Garazi’.
–Había muchas ganas también de paz, de final. Puede ser que eso fuera otro motor para darme fuerza para hacer la película. Pensaba que podía ser un broche de cierre que ayudase a una catarsis todavía más profunda y a empezar un camino de paz.
ETA acabó rompiendo la tregua pocos meses antes del estreno de ‘Yoyes’.
–Por desgracia nos costó esperar un poco más para la paz. Pero yo creo que algo se produjo en la muerte de Yoyes, la física, y la muerte de Yoyes en la película. Creo que generaron dos puntos de inflexión en el en la percepción de la lucha armada en Euskadi para mucha gente: lo necesaria o innecesaria que era, o lo terrible que era... Las muertes dejaron de ser abstractas para convertirse en algo concreto. A pesar de que luego siguieron unos cuantos años más, hay que ver cómo está la sociedad vasca en este momento, con grupos políticos con una línea bien progresista y de avance social muy grande.
ETA cesó su actividad en 2011 y se disolvió en 2018. ¿Qué le parecen los últimos acercamientos cinematográficos al conflicto como ‘La infiltrada’ o ‘Un fantasma en la batalla’?
–El tema ahora me interesa menos, me hubiera gustado que se hubiesen hecho más películas entonces. Me da pena que se haya perdido la oportunidad de tener muchos puntos de vista en aquel entonces porque el cine ayuda. El cine es un ejercicio de reflexión y de memoria. Hoy en día si ves Yoyes o La Buena Nueva, son interesantes. Pero son películas que, por ejemplo, la juventud no ha visto, en el Estado, al menos. Aquí todo el mundo tiene un conocimiento de lo que pasó. Y a eso ha contribuido el cine.
Se dice que los jóvenes no tienen conocimiento de lo que fue ETA.
–Los jóvenes no pudieron verla en el momento en la sala. Mucha gente sí que la ha visto en la televisión porque la reponen mucho. Pero la gracia está en verla en las salas y la Filmoteca Vasca nos da esa oportunidad. El cine no ha conseguido entrar en las aulas y mira que yo he peleado por ello. Es una fuente permanente, como los libros. Una sociedad que no sale de los institutos ni de las universidades amando el cine y la literatura tiene muchas menos posibilidades de poder estar al día en el pensamiento crítico. Una buena película vista en sala, y lo mismo un buen libro, te deja un poso.
Su última película fue ‘Nosotros’, adaptación de ‘Feliz final’ de Isaac Rosa. ¿Trabaja en algo nuevo?
–Solo puedo contar que estoy con algo relacionado con Jorge Oteiza.