¿Dónde quedaron aquellas orquestas de cámara que tanto nos impactaron en los tiempos finales del siglo pasado?: la Saint Martin in de Fields, los Virtuosos de Moscú, la Orpheus de Nueva York… la English Chamber Orchestra, que hoy reaparece en el ciclo del Baluarte. Ciertamente siguen ahí, y su calidad también sigue siendo alta, pero ya no nos impactan tanto. En primer lugar, porque, con el advenimiento de las orquestas de música antigua, se han repartido el repertorio barroco, con indudable predominio de estas últimas; y, en segundo lugar y, afortunadamente, el nivel de nuestras orquestas ha subido tanto, que, sin pretender ser chauvinista, la diferencia calidad precio ya no es tanta.
A la English Chamber la recuerdo en los Conciertos Sacros del Ayuntamiento de Pamplona, en 1993, con dos conciertos que colmaron la iglesia de Santo Domingo, y que, con gran éxito (y sin ninguna discusión), nos dieron un Bach y un Haydn bastante arrimados al romanticismo. Más tarde, en 2010, en Baluarte, también optaron por un Mozart bastante “romántico”; quizás como reacción a las versiones de las orquestas barrocas.
English Chamber Orchestra
Steven Isserlis, violonchelo. Roberto Forés, dirección. Obras de Arriaga, Haydn y Beethoven.
Baluarte. 13 de mayo de 2026. Casi lleno el patio de butacas (32 y 26 euros)
Comenzó la velada con la conmemoración del 200 aniversario de Arriaga con la Obertura op. 11, poco programada y que pasó sin pena ni gloria. Vino con la orquesta el violonchelista Steven Isserlis, que tuvo una de cal y otra de arena. En el concierto para chelo y orquesta Hob. VIIb2, toca un violonchelo no de gran volumen, pero de dulcísimo sonido. Roberto Forés, titular de la orquesta, toma un tempo tranquilo, al que el chelista responde con musicalidad, pero algo incómodo con el entramado técnico. Como siempre suele ocurrir con los conciertos de chelo, el adagio es el que más llega al sentimiento del oyente.
Dio dos propinas, un pizzicato, que pasó algo desapercibido, y el Canto de los pájaros de Casals; y aquí vino la genialidad, (y la cumbre), de la tarde: nos hizo una versión de esta obra, recurrente en las propinas, fuera de este mundo; con unos “pianísimos” increíbles, un sonido nunca escuchado en el instrumento, y demostrando un virtuosismo evidente, al completar un complicado acompañamiento a la melodía.
Me gustó el criterio de Forés para la cuarta sinfonía de Beethoven, que cerraba la velada. El comienzo es muy lento, para crear expectación antes de la explosión del allegro vivace. En el segundo movimiento, el adagio, reina la serenidad –(ternura y voluptuosidad pura, decía Berlioz)– con un sonido cordal francamente hermoso: violines segundos, luego, los primeros, la cuerda grave… La cuerda, –(el sonido de la vieja plata inglesa, se decía antes)– lleva el peso de la sinfonía, porque las maderas, por ejemplo, no están a su altura. En los dos últimos tiempos, la orquesta responde con virtuosismo y disciplina. De propina: un Elgar tranquilo. Como va dicho, nuestra orquesta –en barroco, clasicismo y Beethoven, por ejemplo– ¿está tan alejada?... Viene bien tomar el pulso a estas orquestas de renombre.
MARIA JESÚS ARTAIZ, IN MEMORIAM
Coincidí muchos años con María Jesús en el Orfeón Pamplonés. Pertenecía a una maravillosa generación de solistas sopranos (Aramburu, Latasa, Berisa…) que, en estos tiempos, perfectamente, podían haber sido profesionales. También compartimos responsabilidades directivas, y la recuerdo, especialmente, en los viajes a Burdeos (el Orfeón cantaba todos los años) a recoger las partituras, cuando nos mandaba Huarte Azparren, el titular. Siempre con disposición y generosidad. Por otra parte, nos conseguía entradas para la Orquesta Nacional cuando íbamos a ver a Celebidache; y al Liceo… en los ochenta y noventa. Como me gusta decir cuando muere un músico: “La Música sigue, así en la tierra (tiene un sobrino organista), como en el cielo (divinas partituras). Descanse en paz.