Hay películas inclasificables nacidas fuera del tiempo y ajenas a espacios reconocibles. A esa categoría de cine transterrado se le suma esta pelusa de polvo con la que se estrena en la dirección de largometrajes Bryan Fuller (Lewinston, 1969). Claro está que, aunque ignoto en el mundo del cine, Fuller ha pasado más de media vida ocupado en la creación –guionista, productor y realizador–, de series de televisión con querencia por la fantasía y lo terrorífico. De él se recuerda sobre todo su hacer en series como Hannibal y Pushing Daisies. Quienes saben de qué van ambos delirios televisivos pueden anticipar qué le espera en Atrapando a un monstruo. Para el resto, si se suma su querencia por Star Trek, sus encuentros con nombres como Bryan Singer y el mundo de Stephen King, se abren indicios para combatir el extrañamiento implícito en Atrapando a un monstruo.

Atrapando a un monstruo (Dust Bunny)

Dirección y guion: Bryan Fuller.

Intérpretes: Mads Mikkelsen, Sophie Sloan, Sigourney Weaver, David Dastmalchian y Rebecca Henderson.

País: EEUU. 2025.

Duración: 106 minutos.

Como Bryan Fuller no es ningún recién llegado, y como le legitima su pasado televisivo, es de entender que incluso el reparto obedece a una intencionalidad evidente. Atrapando a un monstruo se centra en una niña atemorizada por las pesadillas nocturnas, por el miedo a que una criatura feroz y clandestina acabe con ella y con sus seres más queridos. Este punto de partida tan común al mundo de los cuentos deviene en la desbocada imaginación de Fuller en un castillo de fuegos artificiales con referencias y guiños que desafían el freakismo del público.

En esa lucha contra el miedo a lo monstruoso, la niña protagonista se pertrecha en la complicidad de un personaje estrafalario interpretado por el cada día más desorbitado Mads Mikkelsen. El actor danés se ha convertido en un reclamo para directores a quienes lo convencional les resulta inadecuado. Convencional, Dust Bunny no parece, aunque su aventura emocional evoque muchos referentes que una mirada escrutadora sabrá desentrañar.

A medio camino entre el Terry Gilliam de Tideland (2005) y el Besson de León, el profesional (1994), la propuesta de Bryan Fuller da una vuelta de tuerca. Con la sofisticación geométrica de Wes Anderson y con la presencia totémica de Sigourney Weaver, víctima de un exceso de estiramiento de piel, el relato dilapida su potencial narrativo por culpa del pobre desarrollo de sus personajes. La acción impone un ritmo frenético que no encuentra contrapunto ni en los diálogos ni en el tratamiento psicológico, su dramaturgia. Aunque fallida, la aventura resulta singular; un meritorio intento de dinamitar los códigos del género fantástico.