Si la muerte no le hubiera sobrevenido a Laurent Cantet, Enzo habría sido dirigida por él, por el cineasta que se dio a conocer con Recursos humanos en 1999. En apenas 25 años, Cantet forjó una filmografía intensa, coherente, singular y comprometida, con títulos tan recordados como La clase (2008), ganadora de la Palma de Oro de Cannes. Pero la muerte nunca perdona y Cantet, a los 63 años, falleció dejando entre sus proyectos inmediatos esta historia sobre un adolescente ahogado en una encrucijada de clase, de opción sexual y de identidad desbrujulada.

Robin Campillo fue compañero habitual de Cantet, juntos coescribieron guiones, juntos representan el hacer de dos francotiradores en una cinematografía como la francesa, tan dada a cultivar familias. De modo que Campillo decidió llevar a efecto la historia de Enzo, un gesto de amistad que hace que, en los carteles de lanzamiento del filme, se anuncie como una película de Laurent Cantet dirigida por Robin Campillo.

Enzo

Dirección: Robin Campillo Guion: Robin Campillo, Laurent Cantet y Gilles Marchand Intérpretes: Eloy Pohu, Pierfrancesco Favino, Elodie Bouchez, Maksym Slivinskyi y Malou Khebizi País: Francia. 2025 Duración: 102 minutos

Quienes han seguido el camino hollado por Cantet reconocerán en este relato el universo que caracterizó su filmografía. Su querencia por penetrar en el mundo del trabajo, su atención a jóvenes protagonistas, su obsesión con la definición de lo que transita en la muga y las urgencias del sexo. Quizá porque Cantet ya no está, Enzo resuena con aires testamentales, se hace epitafio de una personalidad admirable y respetada.

En cuanto a Campillo, un autor con un puñado de sólidas producciones, nunca fáciles, nunca demasiado ortodoxas, como su ópera prima, Les Revenants (2004); se conduce con su sobriedad característica. Campillo se hace más Cantet que nunca.

Enzo gira en torno a un joven de clase alta y desorientación extrema. Ha decidido desclasarse de lo que su familia representa y ha abandonado los estudios. Vive en el piso de lujo familiar, pero está aprendiendo albañilería. Trabaja como aprendiz junto a mano de obra procedente de la emigración. Se siente fascinado por dos compañeros ucranianos que se debaten entre buscarse la vida en Francia o regresar a su país de origen para ir a la guerra. El padre de Enzo no soporta la situación, su madre fluctúa entre la tolerancia y la inconsciencia. Enzo, por su parte, duda de todo y, el legado de Cantet se reescribe como si él todavía estuviera aquí. El resultado se antoja frío, distante, sepulcral. Como acontece con lo que Cantet-Campillo abordan, toda esa carga emocionalmente (re)tenida y mantenida, se vuelca sobre el público que queda a su merced. Desde ahí nos interpela a atender las muchas controversias que aquí se agitan. l