La compañía Riart se inventa un palíndromo (Ragoh / Hogar) para el título de su convincente propuesta: una narración que parte del hogar construido por una pareja que lo de-construye, con sus peripecias personales (ragoh) y lo vuelve a componer. Así comienza, con la proyección del visual de una casa en un enorme cuadro (pantalla) en negro, en una imagen un tanto pictórica. Man Ray va a estar presente en la función, y, en este comienzo, más concretamente para nosotros, el pintor Iñaki Lázcoz y sus construcciones en fondos y marcos grandes. Idoia Rodríguez (la recuerdo del pasado año en una producción sobre Oteiza en Villava), y Rafa Arenas, los dos componentes de la compañía, comienzan sus movimientos con pasos balbuceantes, robóticos, como moribundos que tratan de levantarse, en un ambiente oscuro y dramático.
Riart Company
Idoya Rodríguez y Rafa Arenas, bailarines. Dirección y dramaturgia: Enric Asés y los intérpretes. Visuales: Camile Duhart. Música: Fernando Careaga. Teatro Gayarre. 28 de abril de 2026. Lleno el patio de butacas. (8 euros).
Él, más violento en los espasmos en el suelo. Ella más introspectiva. Todo en un magma sonoro que deja libertad de movimientos a ambos, sin mayor obligación de plegarse a lo que suenas; (algo molesta, a mi juicio, la vibración del sonido continuo). Al entrar la percusión más rítmica y medida, ambos hacen el primer dúo. En este sentido, siguen con una danza bastante libre e individual, pero cuando quieren cuadran una sincronía, no muy estricta, pero que da solvencia a su danza. En toda la función, esporádicamente, van a aparecer visuales que adelantan algunas escenas, pero son siempre discretos, y no van a estorbar a lo que sucede en primer plano, en directo. En las vicisitudes de los encuentros y desencuentros de ambos, con movimientos de prospección el uno del otro, van a ir apareciendo imágenes muy poderosas. La irrupción en escena de los gusanos tubulares que tratan de absorber a los bailarines, (para mí, una referencia a la película Dune de D. Lynch -1984), está muy lograda.
Del mismo modo que la escena de Pareja con cabeza llena de nubes, de Man Ray, que, aquí, tomando el título literalmente, los bailarines se insertan una compacta nube gris (a modo de gorro) con la que se mueven queriendo vencer la dificultar de acercamiento, y, a fe que, con semejante aparato en la cabeza es difícil; pero lo realizan muy bien y consiguen un episodio lleno de ternura, que se remata con una proyección sobre ellos de dos ojos que implican poderosamente al espectador. El tramo de la danza con las cortinas, también, es jugoso para la coreografía: primero individualmente, luego, en pareja; se visten con ellas y es otro elemento que les sirve de acercamiento. A medida que avanza la función y, aunque la danza sigue con momento un tanto rudos (break-dance, en el elemento masculino), se va forjando un feliz acercamiento hacia la reconstrucción del hogar. Suena una canción llena de melancolía y se baila con luminosidad, lo cual se agradece y, casi, nos conduce al optimismo. Y el último paso a dos es reconfortante por la belleza de ese bailar sin tocarse, tentando el espacio del otro; para, al final, darse la mano.