¿Puede el feminismo seguir avanzando si no asume sus propias contradicciones? Esa es la pregunta de fondo que plantea la autora Sophie Lewis en su libro Feminismos enemigos, donde cuestiona dos ideas que, según ella, han servido durante décadas para eximir a las mujeres de su responsabilidad histórica: la noción de la “mujer fea” (ajena al poder y, por tanto, inocente) y la del “enemigo del feminismo”, figura que absorbe las culpas que deberían repartirse. Ambos conceptos, sostiene Lewis, han alimentado la idea de que las mujeres aún no han entrado plenamente en la historia y que, por ello, no deben responder por procesos autoritarios como el colonialismo, el imperialismo o el supremacismo blanco, en los que también participaron.
Esta lectura, que busca blanquear la responsabilidad femenina, tiene su origen en pensadoras como Andrea Dworkin, referente del feminismo radical de segunda ola. Lewis se opone a esa concepción y afirma: “Si queremos tomarnos en serio al movimiento feminista, entonces también debemos responsabilizar a nuestras compañeras y entender que el feminismo tiene que dejar de verse como un árbol con muchas ramas diferentes, y empezar a verse como una corriente unida que se dirige hacia un mismo objetivo”.
Para sostener esta postura, la escritora reconoce que existen, en efecto, mujeres y movimientos que se autodenominan feministas, pero terminan socavando el propósito colectivo de la lucha por la igualdad. Este es, precisamente, el eje central de Feminismos enemigos: comprender que no todas las corrientes que se reclaman feministas persiguen la igualdad entre las personas, sino que a veces buscan, en palabras de la autora, “una jerarquía donde se logra la emancipación de los derechos de unas a costa de la subordinación de otras”.
¿Es posible un movimiento amplio pese a sus contradicciones? Esa pregunta atraviesa buena parte del libro. Para Lewis, la respuesta está en la abolición, entendida no como simple destrucción, sino como comprensión profunda del adversario: “Abolición no es únicamente destruir algo o estar en contra de algo históricamente; es comprender qué tiene tu enemigo que funciona, que responde a una necesidad del pueblo”, explica.
La pensadora pone como ejemplo las cárceles o la familia tradicional: ambas instituciones nacen de promesas de mayor seguridad o de mayor cuidado, y apelan a necesidades reales, aunque esas promesas terminen incumpliéndose. Por eso, según Lewis, quien asume una postura abolicionista “no solo quiere destruir los sistemas, sino identificar los elementos discursivos que resultan atractivos para la gente y ver cómo pueden implementarse para cumplir esas promesas, ya que, tal como funcionan hoy, ni las cárceles ni la familia tradicional están dando resultado”.
Por esto, es necesario entender que las contradicciones son parte de la conversación necesaria para llegar a abolir los sistemas que oprimen a las minorías, y que a partir de ese diálogo se puede crear y avanzar. No basta con ir a los síntomas: es necesario atender a las causas. “No solo debemos fijarnos en cómo arreglar la brecha salarial o la participación femenina, sino en tener el coraje de abolir los sistemas que nos oprimen, sistemas que están interconectados y que mantienen una actitud autoritaria”, afirma la autora.
Tolerancia al intolerante
Pero, ¿hasta qué punto es posible el diálogo? Se trata de un problema que ya ilustró Karl Popper con su paradoja de la tolerancia: la tolerancia hacia los intolerantes termina, tarde o temprano, por destruir la propia tolerancia. Esta tensión no es exclusiva del feminismo; también atraviesa lo que la autora denomina “movimientos de izquierda”, donde, según ella, “la izquierda no puede parar de discutir entre ella; una conversación que puede dividirnos”.
Para superar este problema, Lewis propone “funcionar con métodos de barrera y entender los límites de los desacuerdos”. Para ella, es importante distinguir entre discrepancias en elementos no fundamentales o sustanciales del movimiento y aquellas que contradicen por completo los valores que lo definen. En este segundo caso, sostiene, es necesario establecer una barrera para que las formas de pensar “impuras” no terminen manchando la figura de libertad e igualdad que representa el feminismo.
Enemigos actuales
Lewis retrata, además, un elemento actual que sirve para entender a estos “enemigos del feminismo”: la llegada de un feminismo reaccionario. Esta corriente ha tomado gran fuerza en los últimos años, impulsada en parte por redes sociales y discursos de retorno a lo “natural”, y ha buscado apropiarse de ciertos objetivos del feminismo, como la autonomía o el bienestar femenino, mientras mantiene, en el fondo, una línea conservadora y reaccionaria. Esto se puede ver en movimientos como el tradwife, que reivindica el regreso de la mujer al hogar bajo un discurso de elección personal, y la ola que defiende los “valores tradicionales” como forma de resistencia frente a las demandas feministas contemporáneas.
Para la autora, este tipo de movimientos buscan ponerse máscaras de feministas, apropiándose de su lenguaje y sus símbolos, mientras justifican ideales conservadores, en ocasiones islamófobos y transfóbicos, completamente opuestos a los principios del movimiento feminista. Por eso, se consolida como una tercera corriente que, según Lewis, genera un peligro para la estabilidad del feminismo: al operar bajo una fachada de emancipación, puede difuminar lo que se entiende como feminista, dañando su propósito final y afectando la búsqueda de igualdad que define al movimiento en su conjunto.