Carlos Alcaraz comienza el 2026 con grandes retos por delante, ganar el próximo Australian Open, el primero. La competición que arrancará en apenas unos días se presenta como el único 'Grand Slam' ausente en su palmarés. No será fácil, tendrá enfrente a su máximo verdugo, Jannik Sinner, un jugador capaz de rozar la perfección tenística por momentos y con el que se ha repartido los cuatro 'grandes' del 2025. No será el único gran objetivo que se le plantea a 'Carlitos', demostrar que el cambio de Juan Carlos Ferrero ha sido una gran decisión es el siguiente, aunque eso lo dirá el tiempo.
La pasada temporada del tenista murciano ha sido la más exitosa de toda su carrera: 8 títulos, incluyendo la defensa de Roland Garros y la reconquista del US Open, para cerrar el año como número 1 del mundo por segunda vez.
El problema de Alcaraz de cara a 2026 no es de tenis, es de desgaste. La temporada pasada dejó una conclusión preocupante: para ganar lo mismo que Sinner, Carlos necesita correr el doble. Mientras el italiano se llevó el Open de Australia y Wimbledon con un juego práctico y económico, Alcaraz sigue alargando partidos que deberían durar hora y media.
Una realidad que también va en la personalidad de Alcaraz, como bien se pudo ver en su documental de Netflix. Juega para divertir a la gente y a él mismo, por lo que prioriza la estética a la efectividad. A pesar de que el italiano es más poderoso frente a rivales inferiores, el de El Palmar es su criptonita, como se puede ver en el cara a cara personal entre ambos, 10-6 favorable al español.
Australia entre ceja y ceja
El Abierto de Australia no es un simple torneo para Alcaraz, es la única casilla que le falta por tachar en el casillero de 'Grand Slams'. La pista dura de Melbourne es, hoy por hoy, territorio hostil para su estilo. Es una superficie rápida donde Jannik Sinner se mueve como pez en el agua y donde Alcaraz ha sufrido sus peores desconexiones tácticas.
El año pasado se estrelló en cuartos contra un Djokovic que tiró de oficio, y en 2024 fue Zverev quien lo sacó de la pista. No es un problema de talento, sino de adaptación. El calor y la velocidad de la bola en la Rod Laver Arena penalizan mucho los errores no forzados, y ahí es donde Carlos suele pecar de exceso de revoluciones.
Si levanta la Norman Brookes en dos semanas, se convertirá en el tenista masculino más joven de todos los tiempos en completar el 'Grand Slam' (conseguir Roland Garros, US Open, Australian Open y Wimbledon). Con 22 años y 8 meses, destrozaría la marca de Rafa Nadal, que cerró el círculo en Nueva York con 24 años. Ni Djokovic ni Federer lo lograron tan rápido.
Ese es el verdadero peso que lleva en la mochila. Hacerlo significaría que, pese al caos del cambio de entrenador y las dudas físicas, es un elegido. Cerrar el 'Grand Slam' tan pronto abriría el debate de si estamos ante el futuro mejor tenista de la historia.
Pero cuidado, porque tener la historia tan cerca suele encoger el brazo y hace temblar la muñeca. Si la presión de ganar su primer título sin Ferrero ya es alta, la de saber que está a siete partidos de convertirse en una leyenda inigualable puede ser insoportable.
Por mucho que se hable de la rivalidad Sinner-Alcaraz, la 'Rod Laver Arena' tiene dueño y se llama Novak Djokovic. El serbio es el más laureado en este torneo en la modalidad individual masculina. Tiene diez títulos aquí y la pista se adapta perfectamente a su juego. No hay que irse muy lejos para comprobarlo, ya que el año pasado fue quien batió precisamente a 'Carlitos'.
A sus 38 años, Djokovic sigue siendo una barrera real en este torneo. Si Carlos quiere la copa, probablemente tenga que pasar por encima del veterano que rara vez pierde en esta competición.
La sombra de Ferrero
La decisión de romper con Juan Carlos Ferrero el pasado mes de diciembre, justo después de cerrar una temporada histórica es la apuesta más arriesgada de su carrera. Ferrero llevaba con él desde que Alcaraz tenía 14 años; era su pupilo. Un tenista que moldeó desde pequeño para convertirlo en un jugador incluso, superior a él.
Durante años, Ferrero no ha sido solo un entrenador, ha sido el freno de mano necesario para un jugador que vive acelerado. Alcaraz es pura potencia y caos, Ferrero era el orden y la táctica. Sin esa voz en la nuca, el murciano se enfrenta al abismo de su propia anarquía. El problema no es técnico, es de gestión.
Todo el circuito sabe que Alcaraz tiende a perderse en su propio espectáculo. Se gusta demasiado. Intenta el golpe imposible cuando toca asegurar y se enreda en batallas innecesarias contra rivales menores. Hasta ahora, bastaba una mirada severa de Ferrero o una instrucción gritada desde la grada para que Carlos volviera en sí. Era un jugador teledirigido en los momentos de crisis. En este 2026, esa especie de mando a distancia no está. Ahora, cuando las cosas se tuerzan en el tercer set estará Samuel López.
Hay una arrogancia implícita en despedir a quien te ha llevado al número uno. Alcaraz quiere demostrar que el mérito es de su muñeca y no de la pizarra de su mentor. Es lícito, pero peligroso. Ferrero fue quien le enseñó a ser profesional, a cuidar el físico y a entender los tiempos del partido. Sin él, Carlos corre el riesgo de involucionar, de volver a ser ese tenista vistoso pero vulnerable que gana puntos para los resúmenes de televisión pero pierde campeonatos por mala cabeza.
La comparación de entornos con su némesis es odiosa. Mientras que Jannik Sinner mantiene un bloque de hormigón armado con Cahill y Vagnozzi, un equipo que funciona como un reloj suizo priorizando la eficiencia, Alcaraz ha decidido dar un giro de 180 grados a su preparación. La sombra de Ferrero es alargada y, si los resultados no acompañan de inmediato, esa sombra empezará a oscurecer su figura.
Con todo esto, habrá que ver si el número uno del mundo es capaz de soportar todas las miradas puestas en él y consigue levantar el trofeo en Australia, erigiéndose así como el mejor tenista del mundo.