Imperial VingegaardEfe
“Hay derrotas en la vida que conviene asumir. Así es la vida a veces, y sí, lo acepto”, se sinceró Jonas Vingegaard, derrotado por un bigote, que se negó a crecer, o si lo hizo fue como el de un adolescente, ralo, incipiente, deslavazado, durante el Giro.
“Me miré en el espejo y me di cuenta de que parecía un adolescente intentando dejarme bigote, así que tuve que afeitarme”, prosiguió el danés, deslizando sentido del humor.
La del intento de dejarse bigote fue el único reto que no superó Vingegaard en la Corsa rosa. La única victoria que no pudo concretar y le cambió el gesto ante su reflejo.
Solo el bigote pudo con el danés, superlativo en la carrera italiana, rey de punta a punta en una competición que dominó desde el amanecer en Bulgaria hasta el ocaso en Roma con la sensación de que no tuvo que rebañar sus adentros para conseguirlo, de que pudo reservarse. Había más en Vingegaard.
Milan, vencedor en el esprint de Roma.
En la Ciudad Eterna se entroniza Vingegaard, un bárbaro en bicicleta conquistando el corazón del imperio por las calzadas que escalaban al cielo. Se regaló el danés una corona de dorado laurel tras completar una exhibición en la cúpulas del Giro.
Cinco victorias de etapa
Bailó un alegre chaqué sobre los tejados de la carrera Vingegaard, vencedor en cinco cumbres: Blockhaus, Corno alle Scale, Pila (donde alcanzó el liderato), Carì y Piancavallo. Nadie como el danés en su relación con las alturas.
Nacido para volar, anidó glorioso en los campanarios de la Corsa rosa, que le recibían repicando sonidos alegres Campanas de boda.
Los pilares de la tierra, las catedralicias montañas, construyeron su primer Giro entre los besos a su familia, el modo de celebrar los logros, y el poder de sus piernas doradas.
El sueño rosa de Vingegaard se teje con el amarillo del Tour, celebrados los de 2022 y 2023, y el rojo de la Vuelta, festejada en 2025.
Entra el danés en la dimensión de los grandes campeones que abrazaron las tres grandes. La Triple Corona le pertenece. En Roma, donde Jonathan Milan se impuso al esprint, su mujer Trine y sus hijos, vestidos con un maillot rosa, le recibieron.
Vingegaard, con su mujer y sus dos hijos.
El confeti continuó en la capital de Italia tras una travesía formidable que destacó el gobierno del danés, que alcanzó la victoria total tras cinco triunfos parciales. Una marca estupenda que define el apetito voraz y la ambición de un ciclista solo sombreado por Pogacar.
Triunfo incontestable
En la orla de fin de la aventura, le acompañaron Felix Gall, segundo, a 5:22 y Jai Hindley, tercero, a 6:25. Ambos, próximos en la foto, apenas pudieron seguir con prismáticos al danés.
En realidad, Vingegaard solo ha rivalizado consigo mismo en un Giro en el que su vuelo, extraordinario, le dejaba lejos del radar de sus adversarios. La emoción de la carrera se nutrió del paisaje, tan sugerente.
Bravo y valiente en las montañas, donde ofreció lo mejor de su repertorio, su esencia de ciclista alado, resistente y de aliento largo, Vingegaard puso el cielo a sus pies.
Liberado en las terrazas del Giro, acodado en las barandillas con vistas a paisajes abrumadores, de belleza subyugante, de dureza innegociable e indisimulada crueldad, lacerante, el danés sometió al resto.
Solo Gall le retó mínimamente en el Blockhaus. A partir de ese fotograma, Vingegaard creció y el austriaco menguó. El danés se expandió a medida que el Giro acumulaba esfuerzos, como si se tratara de un milhojas que sedimenta fatiga.
Giro de Italia
Vigesimoprimera y última etapa
1. Jonathan Milan (Lidl) 3h05:50
2. Giovanni Lonardi (Polti) m.t.
3. Paul Penhoët (Groupama) m.t.
84. Igor Arrieta (UAE) m.t.
138. Markel Beloki (Education First) a 1:56
General final
1. Jonas Vingegaard (Visma) 83h22:51
2. Felix Gall (Decathlon) a 5:22
3. Jai Hindley (Red Bull) a 6:25
19. IgorArrieta (UAE) a 55:20
35. Markel Beloki (Education First) a 1h57:24
Resto de clasificaciones
Regularidad Paul Magnier (Soudal)
Mejor joven Afonso Eulálio (Bahrain)
Montaña Giulio Ciccone (Lidl)
Mejor equipo Visma
Ni la crono de Massa, en la que Filippo Ganna dio sentido a la vida de un especialista puro, y Vingegaard logró un resultado discreto cambió el sentido de la carrera. Afonso Eulálio era el líder desde la victoria de Igor Arrieta, magnífico, en Potenza.
La jefatura del portugués tenía el aspecto de un préstamo, aunque el danés no se había vestido de rosa aún. Al menos en el exterior, su interior era rosa desde que anunció en enero que se alistara al Giro. Antes de la Grande Partenza en Bulgaria, en Roma solo se esperaba la efigie de Vingegaard.
El paréntesis de Eulálio
El rosa, en pila Eulálio defendió con honor, dignidad y enorme diligencia la maglia rosa en un ejercicio agonístico. En cada cima, Vingegaard iba deshilachando al luso.
Le fue desnudando y tejiendo a su vez su victoria. En Pila, la ventaja del portugués era apenas un recuerdo lejano de los días felices.
Vingegaard continuaba, imparable, lanzando besos, posando victorias sobre su vitrina de campeón de cuerpo entero. Después dedicó el Giro a coleccionar montañas, recuerdos, postales y llamadas a su mujer Trine Hansen, para informarle de las victorias.
En la singladura de Vingegaard, líder sólido, sin poros, refractario frente a los rivales, se apreció la gestión de esfuerzos.
De menos a más, a modo de una ruleta que va subiendo el volumen, el danés argumentó con más decibelios cada una de sus victorias.
Sin embargo, su victoriosa fanfarria nunca sufrió acoples. Siempre bajo control. En los momentos más serenos y en los más intensos, cuando desató su caballaje, nunca desbocado. Sumamente superior, Vingegaard trasladó la idea de que gestionó sus esfuerzos.
Todo bajo control
A refugio tras el accidentado paso por Bulgaria, el danés siempre tuvo una hora de ruta nítida para enfocar el Giro. Liberó en la medida de lo posible a su equipo, el Visma, de un trabajo innecesario.
Solo lo empleó para protegerse en las llegadas y, después, cuando brotaron las montañas, fijar la estrategia para el asalto.
Incluso premió a Sepp Kuss con la victoria en la tappone de los Dolomitas. Dejó hacer, magnánimo, durante jornadas en las que triunfaron las fugas, para centrar su energía en lo importante, desechando lo urgente.
Trazó un plan desde el tablero de ajedrez porque mientras acumulaba éxitos en el Giro, estaba corriendo el Tour que viene con la cabeza. Nunca dejó Vingegaard de estar en el futuro, en julio, aunque el presente le situaba en Italia, en mayo.
Empleó el Giro a modo de ensayo general de la Grande Boucle, a la que acudirá con el objetivo de pelear el Tour a Pogacar, el vigente campeón. Eso sera o no será, nunca se sabe el futuro y sus cauces. En Roma Vingegaard era el nuevo rey.
Inscribió su nombre en la Ciudad Eterna, que custodia la memoria par siempre. No conviene olvidar que el emperador Heliogábalo, en una de sus excéntricas celebraciones, ahogó a varios de los comensales de una fiesta en su honor con pétalos de rosa que hizo derramar desde lo más alto. Desde ese trono, el danés, el rostro afeitado, sin bigote, contempla Roma. Imperial Vingegaard.