Diez sesgos mentales que pueden afectar a las decisiones que tomas con tu dinero
Se trata de trampas psicológicas que nos hacen pensar que actuamos con lógica cuando, en realidad, lo hacemos guiados por emociones, intuiciones o experiencias previas
Al hablar de dinero, creemos que las decisiones que tomamos son siempre racionales. Comparamos precios, analizamos opciones, elegimos lo que más nos conviene y nos quedamos convencidos de haber hecho lo correcto. Sin embargo, la realidad es algo más compleja.
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Nuestro cerebro utiliza atajos mentales que van a influir en cada compra, inversión o decisión que tomemos sobre ahorro. Son los llamados sesgos cognitivos, pequeñas trampas psicológicas que nos hacen pensar que actuamos con lógica cuando, en realidad, lo hacemos guiados por emociones, intuiciones o experiencias previas.
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Control del pensamiento rápido
La economía conductual lleva años estudiando este fenómeno. El psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman explica que nuestro cerebro funciona con dos sistemas de pensamiento: uno rápido e intuitivo, que toma decisiones casi automáticas, y otro más lento y racional. El problema aparece cuando el primero toma el control, algo que ocurre con frecuencia cuando hablamos de dinero.
Reconocer estos sesgos es el primer paso para evitar que condicionen nuestro bolsillo. Estos son diez de los más habituales.
1- Sesgo de anclaje
Tendemos a basar nuestras decisiones en la primera información que recibimos. Ese dato inicial se convierte en una referencia mental que condiciona lo que viene después. En las compras ocurre constantemente: si un producto costaba 1.000 euros y ahora se vende por 800, puede parecer una gran oportunidad, aunque no sepamos si ese es realmente su valor.
2- Sesgo de confirmación
Nuestro cerebro busca información que confirme lo que ya pensamos y evita la que lo contradice. En una inversión, por ejemplo, es fácil fijarse solo en los argumentos que apoyan nuestra decisión e ignorar las señales de alerta.
3- Sesgo de disponibilidad
Damos más importancia a la información que recordamos con facilidad. Si vemos constantemente anuncios o escuchamos hablar de una marca o una empresa, podemos llegar a pensar que es la mejor opción simplemente porque nos resulta familiar.
4- Sesgo de representatividad
Consiste en juzgar situaciones basándonos en estereotipos o ideas preconcebidas. Creer que un producto caro siempre es mejor o que una empresa famosa es automáticamente una buena inversión son ejemplos de este tipo de razonamiento.
5- Aversión a la pérdida
Perder dinero nos duele mucho más que la satisfacción que produce ganar la misma cantidad. Ese miedo puede hacer que evitemos riesgos incluso cuando podrían ofrecer oportunidades interesantes de rentabilidad.
6- Efecto manada
En momentos de incertidumbre tendemos a seguir el comportamiento del grupo. Si muchas personas compran o invierten en algo, resulta fácil asumir que esa debe ser la decisión correcta. Sin embargo, las modas financieras no siempre terminan bien.
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7- Exceso de confianza
A menudo sobrevaloramos nuestros conocimientos o habilidades. Este exceso de confianza puede llevar a asumir más riesgos de los que realmente somos capaces de gestionar, especialmente en el ámbito de las inversiones.
8- Sesgo de inmediatez o descuento hiperbólico
Anteponemos las recompensas pequeñas ahora a los beneficios mayores en el futuro. Este impulso explica por qué tantas personas gastan en caprichos inmediatos en lugar de ahorrar para objetivos a medio o largo plazo.
9- Coste hundido
Seguimos invirtiendo dinero o tiempo en algo simplemente porque ya hemos invertido antes. Cancelar una suscripción que no utilizamos o abandonar un proyecto fallido resulta difícil porque sentimos que perderíamos lo que ya hemos invertido.
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10- Sesgo de familiaridad
Confiamos más en lo que nos resulta conocido, aunque no sea necesariamente la mejor alternativa. En el ámbito financiero, por ejemplo, muchos inversores prefieren empresas o mercados que conocen, lo que puede limitar sus posibilidades de diversificación.
Ser conscientes de estas trampas mentales no significa que vayan a desaparecer, pero saber que están ahí puede ayudar a la hora de tomar decisiones importantes. Porque, cuando se trata de dinero, no solo hay que usar la calculadora sino también la cabeza.
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