El nombre de Mocholí llegó desde Valencia mucho antes de convertirse en una referencia industrial en Navarra. Fue Viuda de M. Mocholí, S.A., empresa dedicada a la serrería mecánica de madera, la que en 1941 puso sus ojos en el entonces entorno rural de Noáin para levantar una fábrica que comenzaría a funcionar en mayo de 1942. Aquella planta alcanzó una producción de 7.000 metros cúbicos anuales y llegó a emplear a cerca de 500 personas en sus años de mayor esplendor.
Hubo décadas de crecimiento, estabilidad y orgullo obrero. Y también momentos difíciles que culminaron en el cierre en 1987, en medio de tensiones y disturbios que todavía permanecen en la memoria de quienes lo vivieron. Fue el final de una etapa marcada por el esfuerzo colectivo y por el golpe emocional que supuso para mucho perder el empleo.
Pero el nombre no desapareció. El polígono mantuvo la denominación Mocholí y siguió creciendo. Hoy, donde antes había serrería, barnizado y mecanizado, se levanta el Centro Europeo de Empresas e Innovación de Navarra (Cein), motor del emprendimiento foral. Desde 1992 han nacido allí casi 300 empresas, que han generado alrededor de 10.000 empleos. El enclave se ha transformado en un espacio diversificado, con presencia destacada de compañías tecnológicas y biotecnológicas.
“Hemos metido muchas horas en este sitio”
El pasado y el presente se cruzaron este viernes en el acto de homenaje a los extrabajadores, cuando se descubrió una placa conmemorativa en recuerdo de todas las personas que formaron parte de la fábrica desde 1942. Alfonso Armendáriz y Alfredo Aguirre Ardanaz, dos de los operarios más veteranos, fueron los encargados de destaparla. “Creo que somos los más viejos y por eso nos ha tocado”, bromeaban.
Armendáriz entró en 1956 con tan solo 18 años y trabajó 31 hasta el cierre de la fábrica. “Allí estaba la serrería y yo me encargaba de meter madera y sacarla”, recuerda señalando uno de los pocos edificios que han sobrevivido. “Recuerdo que el trabajo era duro, pero era lo que había. He metido muchas horas en este sitio”. Tras el cierre, pasó quince años en una cantera en Irurtzun.
Aguirre, de 87 años, comenzó el 2 de febrero de 1956. “Me acuerdo que venía en bicicleta y estuve montando sillas hasta 1987. Cuando cerró Mocholí, yo tenía 48 años y tres hijos y no sabía muy bien qué hacer. Por suerte, me pude quedar con la comisión liquidadora como guarda junto a Paquito Lizari y Antonio Cabezas”, rememora.
“Era un momento muy peligroso, estaba todo cerrado y guardábamos las cosas también por la noche. Cuando se formalizó el polígono, me propusieron a ver si me quería quedar de conserje para el Cein y dije que sí. Estuve desde 1991 hasta 2003 y me considero un afortunado porque no todo el mundo pudo quedarse”, asegura.
“Mi marido y yo nos conocimos en la fábrica”
La fábrica también fue escenario de historias personales. Javier Zapatero y María Ibarrola se conocieron allí. Ella entró el 21 de enero de 1970. “No se me olvida la fecha porque es cuando conocí al que es mi marido ahora”, sonríe. Trabajó cinco años y medio, hasta que se casó. “En aquellos años era lo normal”.
Zapatero había entrado en 1965 y fue encargado durante 22 años. “Llegamos a ser 500 empleados; luego bajamos a 300 y, cuando llegó la crisis gorda, nos fuimos al traste”. Después trabajó en otras empresas hasta terminar como bedel en la Universidad de Navarra durante más de dos décadas. Hoy recorre el polígono y reconstruye mentalmente la antigua distribución: los almacenes, el comedor en la planta superior y la zona de mecanizado separada por una puerta.
Asun Unciti también dejó la fábrica al casarse. “Nos fuimos siete a la vez ese año. Socialmente eran otros tiempos y no estaba todo tan preparado como ahora”. Su testimonio resume una época en la que el matrimonio suponía, casi de forma automática, el abandono del empleo para muchas mujeres.
El polígono de Mocholí es hoy un espacio industrial competitivo y renovado recientemente para adaptarse a las exigencias de movilidad, sostenibilidad y seguridad. La transformación física acompaña a otra más profunda: la de un enclave que ha sabido reinventarse sin perder su identidad.
Con su evolución desde la madera hasta el emprendimiento tecnológico, Mocholí simboliza la evolución de la industria navarra en las últimas ocho décadas. Un lugar donde el pasado no es una carga, sino un cimiento indispensable.