Aquellos años en que venía a Estella la banda de Buñol

30.07.2021 | 09:21
Fuegos artificiales una noche de fiestas en Estella Lizarra

Es la traca, el bombardeo casi de una guerra, la mecha que ha prendido la pólvora, y este campo de combate alegre y callejero se ha convertido en una bacanal donde el humo apenas deja ver las siluetas de las gentes que deambulan como fantasmas, en este escenario de fiesta y de teatro. Me he venido desde Buñol hasta Valencia, a este espectáculo donde el fuego de artificio te recibe ruidoso, alegre y festivo. Es el tiempo de marzo y San José; y por San José, las Fallas. "Y ya sabes: A las Fallas, que no falles", como dice el tío Felipe.

Me he quedado adormilado. Es acaso el mareo del humo y el petardo, y esas cañas que tan bien me han entrado. Y es la memoria y el recuerdo de los días donde el sueño me ha llevado. Y es esa emoción de aún muy chico, de ese viaje para el norte. Es Estella a donde vamos, a sus fiestas. Mes de agosto, y es que llevo tres o cuatro años tirando de la trompeta calle arriba y calle abajo. Y son nervios los que tengo, y hasta granos que me salen, y mi madre despidiendo allá en el parque. Ya he cumplido los 18. "Ni chico, ni grande", me dice Felipe, que es un artista con el saxofón, y que ya lleva viniendo una cuadrilla de años a esta ciudad. Vamos para Estella que, dicen, es un pueblo grande, tan parecido al nuestro que quieren que volvamos, como cada año, para amenizar sus fiestas.

Llegamos muy tarde y más cansados que el patín. Nos han recibido entrada la noche el alcalde y algunos concejales. Nos han acogido en un colegio. Es una residencia escolar, "Obeki", que está en la picota de la ciudad, y desde donde se aprecian las lucecitas encendidas de las casas y sus calles.

Es la primera vez que vengo; pero, como soy muy preguntón, ya me sé por lo menos la mitad de la historia de esta tierra en la que ahora me hospedo. El viernes, bueno, bien elegantes al cohete. A las doce en punto empezaba la fiesta, y un grupo de gente joven ha arrancado a bailar la mar de bien, aunque no entiendo cómo podían llevar el ritmo con tanto cohete como tiraban.

Hemos desfilado por sus calles y, la verdad, estaba tan nervioso que las notas se me escapaban por todos los lados. Al ver tal gentío, y tan contentos, pues me he emocionado de lo lindo. La ciudad es muy bonita, aunque me cuentan que antes aún era más elegante. Hay una plaza, la principal, donde suelen tocar las orquestas al atardecer. Pero hay otra más pequeñita, donde las cuadrillas de chavales y mayores se juntan para echar la merienda. Y lo que me ha impresionado es ver la montaña de melones que traen de no sé donde, y al melonero aburrido de tanta tajada como reparte.

Los días que estamos en Estella no paramos de tocar. Por la mañana, a las dianas bien temprano. ¡Y no se te ocurra que te den las tantas la víspera!, porque el dire enseguida pilla por dónde flojea la música, y la cantidad de gestos que hace mientras nos dirige, no sé si son para reírse o para echarse a temblar.

También vamos a los festejos taurinos, aunque yo no soy nada torero, y casi como que me duermo entre vals y pasodoble, al olorico de los churros y a la fresca esencia del zurracapote.

Tampoco, la verdad, soy de procesiones, pero esta de Estella tiene algo que me impresiona. Todo el mundo de blanco y rojo; y los grupos de danzas, y las gaitas, y no sé qué reliquia de un santo y una virgen bien sonriente, rodeada de flores y porteada por una cuadrilla de mujeres la mar de guapas. Bueno, a mí todas las mujeres estellicas me parecen guapas de veras.

También contar lo de la mojada en lo que llaman "La bajadica del Puy". ¡Qué de horas tocando la misma pieza! Que trabaje la guardia civil, que trabaje, que trabaje... Los jóvenes hacen tapón en una calle muy estrecha, e intentan que la corporación municipal no consiga avanzar hacia el ayuntamiento. Algunos concejales, más mosqueados que otra cosa; y yo, la verdad, me lo he pasado cañón. El lunes tuvimos concierto. Hemos tocado unas piezas con los gaiteros, y ¡joé! los pelos de punta de lo bonitas. El concierto era en Los Llanos, un parque de lo más elegante. En un costado pasa el río Ega, y me ha hecho mucha gracia cuando me han dicho para ir a la playa. "!Pero si el mar está muy lejos! ¡Joé! Cuando he llegado, casi al final del parque, he visto un letrero con un salvavidas azul y blanco, en el que ponía "Playa fluvial". ¡Pues era verdad, vaya! En Estella tienen playa. Por la tarde un rato a las barracas, y mira que en el tirapichón una moceta que no acababa de abrir la carabina, y yo, bien de samaritano, a echarle una mano. Bueno, no sé la de duros que me he dejado en el mostrador, venga derrumbar bolas y palillos hasta conseguir un gran perro de peluche. Y es que la chica me ha entrado por buen ojo.

A la noche hemos quedado en vernos en el baile. Y es que, tocar ya toco; pero bailar, nada de nada. Luego de ver los fuegos artificiales, y ya en la madrugada, me ha llevado de la mano en ese mágica serpiente del Baile de la Era, y es en ese torbellino de las vueltas donde ya me sentía enamorado. No sé qué tiene esta ciudad que engancha, que invita a quedarse. Me va a costar marchar. Le digo que no dejaré de mandarle un montón de postales, y que ya empiezo a contar los días que faltan para volver de nuevo.

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