Lisci, Alonso y Matarazzo
Siempre me ha parecido, por lunático que suene ahora, que existen curiosas semejanzas entre Osasuna y Real Madrid. Quizá bajar a El Sadar para ver a Chus Luengo y Sánchez Rubio, y escuchar las andanzas de Ignacio Zoco y el olitense Félix Ruiz, ha influido en esa percepción. Incluso Iriguíbel tiene pasado madridista y Enrique Martín estuvo cerca de tenerlo.
En la actualidad Víctor Muñoz de momento solo pasado. Las cosas han cambiado mucho y las distancias son notables, aunque ese análisis quedará para otra ocasión. Ambos clubes han sido históricamente más de jugadores que de entrenadores, más proclives a sostener su identidad en el talento del futbolista que en la rigidez de un modelo impuesto desde el banquillo. Por eso resultó tan llamativo que, casi de forma simultánea y por diferentes motivos, decidieran apostar por técnicos adaptados al fútbol moderno, un discurso elaborado, dominio táctico, análisis avanzado y una gestión casi mecanizada del equipo, como si fuese un videojuego. Una concepción casi instrumental, donde el jugador queda a veces encorsetado.
Poner a uno, quitar a otro, subir líneas, bajar alturas, mover piezas según escenarios previstos. Un método preciso pero que, tanto en Pamplona como en Madrid, ha mostrado límites claros y no ha llegado a cuajar. En Madrid, las urgencias devoraron el proyecto y le costaron el puesto al donostiarra, mientras que en Pamplona se ha permitido al romano un ajuste inteligente, renunciar a ciertos dogmas iniciales y apoyarse en la fortaleza de un club ordenado y con liderazgos claros. El jugador ha recuperado el mando, y la pizarra vuelve a ser importante pero secundaria. El foco vuelve a situarse en la interpretación del juego por parte del futbolista.
Para completar el triángulo, ha llegado a la Real, Pellegrino Matarazzo con un pasado de academias y graduado en Matemáticas por la Universidad Columbia. Cuando le preguntaron al respecto respondió más allá de lo futbolístico tocando la línea de flotación de los tiempos modernos: “Claro que sé manejar datos y tengo un buen análisis, pero creo que lo más importante es que conozco las limitaciones y los límites que tienen los datos. No podemos reducir el espíritu humano a simples números”.
Su apuesta por un fútbol más directo, intentando liberarse de las dependencias del juego “a lo Silva” pero sin Silva, está funcionando. Volver a lo esencial, dejando las matemáticas en segundo plano, tampoco es mala ecuación. Si lo dice un “Columbian”, y aunque parezca que tiro piedras contra mi propio tejado, no seré yo quien discuta la fórmula.
El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA.
