Si lo valoramos únicamente desde un punto de vista cuantitativo (11 habitaciones para unas 24 personas), la casa de acogida que ha construido la asociación Ametsgoien en Orduña no es demasiado ambiciosa. Hay otros proyectos con un calado social mucho mayor en el territorio. Pero el impacto emocional y humano es tan grande que se ha convertido en una pequeña hazaña que merece ser contada en tiempos de zozobra y noticias poco alentadoras. Entre otras cosas, porque lo que ha catapultado al éxito la apertura de este edificio de 180 metros cuadrados por planta, prevista para hoy domingo 1 de marzo, ha sido el batallón de cientos de voluntarios venidos desde todos los rincones del Estado (Barcelona, Burgos, Madrid, Donostia, Bizkaia) que durante meses han colaborado para su puesta a punto. 

Según cuenta el orduñés Aitor Arbaiza, educador social en la Universidad de Deusto y uno de los impulsores de Ametsgoien, junto a su marido Josu Beaskoetxea y la sobrina de ambos, Amets Vasco, existe un grupo de WhatsApp con más de 450 miembros en el que se informa de la evolución de este proyecto que echó a andar hace ahora unos 20 meses. El objetivo es que el inmueble se convierta en un domicilio transitorio para aquellas mujeres con niños, sean de donde sean, que se encuentren en situación de vulnerabilidad y no tengan a dónde ir. “No queremos que sea ni un albergue ni un hotel, sino un hogar”, especifica Aitor. Pese a la expectación generada, en la asociación abogan por ir con cautela, poco a poco, atendiendo cada caso como es debido. Son conscientes de que la demanda de usuarias del centro será elevada, pero no se quieren precipitar acogiendo o creando una lista de espera que “pueda generar falsas esperanzas” entre las mujeres solicitantes.

La casa construida por la asociación se encuentra en Orduña. Cedida

Trabajo en equipo

Desde la firma de la compra de la casa de Ametsgoien hasta su inauguración han transcurrido cerca de dos intensos años. Aitor y Josu echaron mano de sus contactos en el tercer sector de acción social para poder planificar la construcción del centro. Se marcaron unos objetivos realistas. La clave para trabajar con un presupuesto tan ajustado como el suyo ha sido olvidarse de los gastos superfluos. “No nos podíamos permitir gastar un euro más de los permitido”, recuerda Aitor Arbaiza. En noviembre abrieron una cuenta de Bizum (todavía disponible, 12892) para poder sufragar, sobre todo, la compra de materiales. Generaron una especie de micromecenazgo. Se corrió la voz. Durante muchos fines de semana, decenas de amigos y conocidos han ayudado a limpiar, pintar, lijar y amueblar las estancias. Todos han ido a una para poder cumplir con los plazos de ejecución previstos. 

Se inspiran en los cuatro verbos de acción del papa Francisco: acoger, proteger, promover e integrar. Cada habitación, en lugar de tener un número asignado, lleva el nombre de alguna orduñesa ilustre (vecinas, alcaldesas, misioneras), incluida la “abuela Viriginia, pilar de la familia de Josu”. La pareja adquirió el edificio hipotecándose por unos 185.000 euros. Financiaron la reforma gracias a sus ahorros y a un préstamo inicial de interés cero de su círculo más íntimo. Y al entrar a la casa, que estaba desocupada, se encontraron con que “la única beata que había en las paredes era una estampa de la fundadora del Instituto de Mercedarias Misioneras de Berriz (MMB), Margarita María López de Maturana. Fue una señal”, apunta Aitor, con amplia experiencia en cooperación internacional y ayuda al desarrollo, que casualmente estaba en una comunidad de las MMB en Perú el día que recibió la noticia de que finalmente se aceptaba la propuesta de compra. 

Valores compartidos

Durante su vida, Aitor ha promovido los valores de la solidaridad y empatía. Fue misionero en Ecuador un total de 8 años. Conoció a Josu, también vinculado al mundo del voluntariado y la cooperación, en una charla del teólogo jesuita Jon Sobrino en la que se promulgaba que “fuera de los pobres no hay salvación”. Meses más tarde, a finales de la década de los dos mil, ambos iniciaron una relación de pareja marcada por una forma compartida de entender las cosas y la convicción de “dejar este mundo en el que estamos de paso un poco mejor de cómo lo encontramos”. En casa, junto a sus tres hijos adolescentes de 14 y 15 años, han visto de cerca el drama por el que atraviesan algunas mujeres con niños que no tienen una alternativa habitacional. Durante un tiempo acogieron en su piso a cuatro mujeres ucranianas. La mecha solidaria que terminó dando forma a Ametsgoien se fue encendiendo con sus experiencias personales y considerando su propia casa un lugar de acogida permanente.

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Sus principales promotores insisten en que este es un proyecto compartido que no hubiera podido llevarse a cabo sin las aportaciones económicas y la colaboración desinteresada de decenas de personas. Huyen del protagonismo. “Ametsgoien no somos ni Josu ni yo ni nuestra sobrina Amets, sino todas las personas que lo han hecho posible ayudándonos con su tiempo, esfuerzo y sus donaciones”, subraya Aitor. El objetivo de todos ellos (“un hogar donde las mujeres y sus hijos e hijas puedan sentirse seguras, acompañadas y con esperanza”) va camino de convertirse en realidad.  

¿Y ahora qué?

Ha llegado la hora de la verdad. ¿Cómo va a funcionar el hogar de Ametsgoien? ¿Han diseñado un organigrama con los diferentes miembros y las funciones asignadas a cada puesto?¿Cuentan con un presupuesto mínimo que garantice su funcionamiento y con el que se pueda pagar el sueldo de los trabajadores? "Somos conscientes de que vamos a necesitar mucha ayuda", augura Aitor ante el reto que se les avecina. Gestionar un centro de estas características requiere la creación de un equipo multidisciplinar y voluntariado para que el trabajo que e realice con las mujeres se adapte a sus necesidades. Ametsgoien buscan ahora una nueva financiación par pagar las deudas contraídas con su entorno y, al mismo tiempo, intentar alcanzar metas realistas mediante la creación de un pequeño fondo.