Una aberración llamada Qatar 2022
Que Rusia sea o no la mejor elección como sede del Mundial 2018 puede ser materia de un amplio e interesante debate, en el que no deben faltar argumentos positivos -nunca ha acogido uno pese a su gran población y es una potencia económica emergente después de una larga travesía por el desierto- ni negativos -casi todos los estadios están por construir y las mafias tienen tanto poder que será imposible dejarlas al margen-.
Pero que el Mundial 2022 se vaya a celebrar en Qatar no tiene ningún pase posible. Es, sencillamente, una aberración, producto exclusivo de la codicia de la FIFA. Ni población, ni tradición futbolística, ni un clima soportable, ni infraestructuras de posible uso futuro, ni democracia, ni respeto a las mujeres. Nada de nada. Sólo petrodólares para montar un Mundial en pleno desierto y para llenar las arcas de la FIFA (y, es de temer, las cuentas personales de algunos de sus responsables).
Ángel María Villar, el ínclito presidente de la Federación Española de Fúrgol, se soltó ayer la melena en la presentación de la Candidatura Ibérica, con una frase para la historia: "La FIFA es limpia y hace las cosas con honestidad". Nos tememos seriamente que ése fue uno de los motivos por los que perdió su candidatura. Cómo otorgarle la sede a quien vive en semejante irrealidad.
La FIFA, esa multinacional que rige el fútbol mundial en régimen de monopolio, con su sede oportunamente situada en la opacidad financiera de Suiza, busca nuevos mercados, lo cual de entrada no está mal. Por ejemplo, el Mundial de Corea y Japón (Al Ghandour al margen) fue una buena elección. Pero Qatar no es un mercado de futuro. Es un obsceno y efímero lujo asiático. Es Toma el dinero y corre. La FIFA se siente tan segura y tan impune que ya ni disimula.