Cuando la Operación Galgo acabe y muchos de los atletas que se han dopado se vayan de rositas -o, como mucho, con dos años de sanción y sin devolver lo que han robado haciendo trampas-, lo único que nos quedará es la misma desconfianza hacia el atletismo que la que tenemos desde hace tres lustros hacia el ciclismo. Destrozar la credibilidad de un deporte es fácil y restablecerla es muy difícil. Desanima sentarse a ver un Mundial o un Europeo sin saber si lo que vas a ver es verdad o una mentira hipertrofiada con esteroides. Y, lo más terrible, puedes acabar despreciando a deportistas que van limpios pero que parecen sucios porque la mierda de los tramposos les ha salpicado.