Ni en la vieja Europa, ni en eso que con aires de superioridad llamamos Occidente, está ya el ombligo de la Tierra. Los Juegos y el Mundial de fútbol saltan de continente en continente sin excepción, y bien está, que nadie se los merece menos que nadie. Pero la felicidad sería completa si se mirara mejor el país en el que se aterriza. El argumento de que un gran evento deportivo sirve para "acelerar la apertura del régimen" se ha convertido tras Pekín 2008 en un chiste amargo y, acto seguido, se le concede el Mundial de fútbol a la tiranía medieval de Qatar. En esos estudios para elegir sede deberían mirarse menos los ingresos previstos y mucho más los usos democráticos del anfitrión.