en los últimos días, el fútbol de Tierra Estella se ha teñido de negro de manera muy dolorosa. La semana pasada fallecía Yeray Lana, jugador de fútbol sala y miembro de la Peña Lizarra de Osasuna. Este domingo en el campo de los rojillos se hará un merecido homenaje. Esta semana nos dejaba Enrique Morras, persona vinculada al Zarramonza, que en ese club ha hecho de todo, y todo bien a mi entender.

Mi estrecha relación con ambos casos me abunda de tristeza y no quisiera contagiarles aunque me temo que no será fácil. Quiero por ello centrarme en una figura que en todos nuestros clubes de fútbol modestos supongo que existe. Les hablo del coordinador, entrenador de fútbol base, cuidador de césped, directivo, árbitro o si hiciera falta busca-balones por donde nadie quiere buscar. Eso sin contar con ordenar el cuarto del material o escuchar al entrenador del primer equipo sus penas. Ese era el Enrique que yo tuve en Arróniz en mis temporadas en el Zarramonza.

Acabas el último de entrenar, vas cerrando las puertas y apagando las luces, pero antes de marchar a casa llegaba Enrique para hacerte una visita, con un frío de espanto y las diez de la noche de cualquier martes de noviembre. Encenderme un purito allí y comentar con él los entresijos del equipo me encantaba. Siempre respetuoso, siempre colaborador y siempre dispuesto a ayudar si hiciera falta.

Además de estas cualidades tenía otra, que también me gustaría recalcar y quizá ni él sabía que yo la conocía. Los días de partido, cuando realmente te jugabas las castañas, demostraba el tipo de persona que era. Si habíamos ganado solo te daba la enhorabuena con una sonrisa tímida y desaparecía sin darte ni cuenta. Si habíamos perdido arrimaba el hombro hasta que esa derrota pareciera casi necesaria.

Supongo que habrá otros Enriques en los clubes, si encuentra alguno parecido a este, háganse su amigo. Yo lo hice.

El autor es Técnico deportivo superior