Las facciones que tiran de Trump
Continuar con las hostilidades no traerá la victoria sino, en el mejor de los casos, un status quo que sangrará el tesoro y las vidas norteamericanas
A las dos semanas de lanzar su gran ofensiva con los ayatolás del Irán, el presidente Trump se sigue declarando confiado en una fácil victoria, pero es evidente que las cosas no van tan bien como esperaba y es posible que cambie de rumbo.
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Es decir, a pesar de ordenar la incorporación de 2000 infantes de Marina, probablemente para reabrir el tráfico por el Golfo de Ormuz, es posible que el primer mandatario norteamericano pliegue velas, declare victoria y devuelva las tropas a sus cuarteles.
Y lo haría a pesar de haberse declarado convencido de una victoria que no ha llegado y de dejar, probablemente, a los fundamentalistas islámicos a cargo del gobierno iraní.
Esto es lo que ha recomendado públicamente, no un opositor político, sino uno de sus principales colaboradores, el multibillonario de origen sudafricano Jeffrey Sacks, quien señala que el enfrentamiento continuado con Irán, a pesar de los avances norteamericanos, es un terreno minado. Continuar con las hostilidades –dice– no traerá la victoria sino, en el mejor de los casos, un status quo que sangrará el tesoro y las vidas norteamericanas sin conseguir su objetivo de instalar en Irán un régimen amigo y dispuesto a colaborar con las democracias occidentales.
A pesar de las enormes pérdidas en efectivos militares, el régimen del Teherán no parece a punto de desmoronarse y no parece haber indicaciones de que nadie trate –y mucho menos esté listo– para de ocupar su puesto. El heredero del pasado Sha Reza Pahlevi es un personaje que atrae simpatías en Irán y en Estados Unidos, pero no parece tener suficiente apoyo como para liderar un cambio de rumbo y de gobierno.
Los bombardeos norteamericanos e israelíes han reducido de forma importante los arsenales y la capacidad militar del Irán lo que explica el deseo de Sacks de abandonar la misión, limitar las pérdidas y regresar al terreno familiar dentro de las fronteras de Estados Unidos.
Pero Trump todavía tiene un poco de tiempo, pues su horizonte político es el juego de poder norteamericano y ese se decidirá dentro de nueve meses, en las elecciones parciales del próximo noviembre celebradas en la mitad de cada mandato presidencial.
Posiblemente, el presidente alberga todavía la esperanza de una victoria clara en Irán, lo que mejoraría el apoyo popular del que ahora goza en una proporción insuficiente y ello revertiría en favor de los legisladores republicanos, de forma que el Congreso seguiría en manos de su partido, en vez de pasar a control del Partido Demócrata.
Porque esta guerra abierta con Irán no tiene consecuencias tan solo en el ámbito internacional, sino también para la política interna del país. Si las cosas van mal, es prácticamente seguro que el partido del presidente perderá las tenues mayorías de las que disponía en las dos cámaras del Congreso y Trump quedaría así maniatado en sus dos últimos años de mandato: ni podrá seguir con su agenda de reformas económicas ni relanzar las relaciones internacionales sobre su doctrina de hegemonía norteamericana.
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