Óriz 'Balcón del valle de Elorz'
El lugar de Óriz (Merindad de Sangüesa) se engalla en el centro elevado del valle de Elorz y lo señala con una pica: su palacio, cuyas pinturas renacentistas se exponen en el Museo de Navarra
El antiguo Óriz, hoy concejo tutelado del Ayuntamiento de Noáin, ha sido muchas veces mentado como el Balcón del Valle de Elorz. Su estratégica posición, por central, elevada y enmarcada por todas las montañas circundantes de la Cuenca de Pamplona, así anima a hacerlo. La gran belleza que emana el lugar se vio un tanto ajada, como si fuera de un mal retoque de cirugía estética, por una lapa conocida como la Ciudad del Transporte. Antes, también surcaron sus tierras vías férreas, carretiles... y autopista. Mas el pueblecito cuenquero (a 489 metros de altura y hoy con una docena de vecinos) se mantiene con dignidad ante el paso de los siglos. De hecho, ahora su fenomenal palacio y su iglesia de San Adrián, se chulean muy arregladas como pareja guapa y bien avenida. El palacio, además de su importancia por las obras pictóricas que acogió, es el padre del lugar y, junto al acueducto de Noáin, uno de los hitos que dan la bienvenida con tanto equilibrio como contundencia en la llegada a la Vieja Iruña desde tierras sureñas.
El palacio de Óriz fue erigido en el siglo XVI sobre la planta de otra construcción románica del siglo XII. Durante siglos perteneció a los señores de Óriz, que tuvieron asiento en Cortes, y fue cabo de armería. A mediados del XVI figura como su dueña la noble dinastía de los Cruzat. Uno de los Cruzat, Diego, nieto de María de Jaso, hermana de San Francisco Javier, fue capitán del ejército, comandado por el Duque de Alba, del Emperador Carlos V y participó en las guerras religiosas en Alemania contra los protestantes de la Liga Smalkalda. En 1947 la campaña del río Elba tuvo como punto cumbre la batalla de Mühlberg. Carlos V, victorioso, emuló a Julio César y exclamó: ¡Vine, vi y Dios venció! Con toda la épica de la guerra todavía muy caliente, en 1550 algún Cruzat, el propio Diego o Bernal, mandó dotar a su palacio de grandes pinturas mulares que representaran escenas de la mencionada Batalla de Mühlberg. Pinturas al temple realizadas con la técnica de la grisalla (solo color blanco y negro). La temática militar confiere a estas pinturas una gran singularidad, ya que lo habitual de su época renacentista era representar temas religiosos, mitológicos o naturales. También tienen mucho valor por el detallismo en cada una de las abigarradas situaciones. Las escenas de Mühlberg rodeaban en su mitad superior y en unos 30 metros de largo los lienzos del salón noble del palacio. Este gusto por la grisalla también llenó profusamente el resto de las estancias con otras y elocuentes temáticas. Estancias que aún cuentan con pequeños restos de sus pinturas y, en sus techos, a cientos, con la marca de los Cruzat, que es una piel de armiño, que se asemeja a la lis. La autoría de esta ingente obra pictórica (1550-1570) de 131 m2 se cree que es de Juan de Goñi y Arrue y/o Miguel de Tarragona.
En 1943 Arturo Ferrer Galdiano, propietario del palacio, donó las pinturas a la Diputación. Fueron arrancadas por Ramón Gudiol con la técnica del caseinato cálcico como adhesivo de traspaso. Aún quedan algunos restos en palacio. Desde 1955 están en el Museo de Navarra; hoy perfectamente cuidadas en su segunda planta. Ahora el palacio pertenece a la familia Eslava, hija de Óriz. Se encuentra en buen estado su exterior (restaurado en 1999). De sus plantas interiores, una está bien habilitada para uso privado y la planta noble mantiene su estructura original.
No dispongo de espacio para describir las pinturas, pero sí para invitar a disfrutarlas en el museo. Incluso a darse un paseo por Óriz para gozar del monumental equilibrio de este palacio y de sus telones de escena (Alaiz e Higa de Monreal). E imaginar las pinturas en su casa, e, incluso, a Felipe II contemplándolas. Este rey se alojó allí el 15 de noviembre de 1592, quizá cuidándose de la kale borroka de Pamplona, que pregonizaban los navarros que reivindicaban su todavía reciente perdida de independencia. Sin duda, Felipe II, gozaría (también en 1995) de las escenas que narraban las hazañas bélicas de su padre.
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