“He vivido todas las crisis que ha habido en este país, pero estoy contento con mi vida”
A sus 82 años, ‘El Mejicano’ publica sus memorias con el fin de dar a conocer la vida de antaño y homenajear al euskara aezcoano
Garralda - “Emen egon niz urte anitz, muturkaka bizitzen, eta denbora izan dut laneko, apezekin, alkatekin, eta zorribeltzekin borrokatzeko, festetan izateko, xateko, maita-tzeko, mendis-mendi ibiltzeko, edateko, asarratzeko, batzuetan zorionean egoteko, zanpa geitzak artzeko, erortzeko, dantzatzeko, xutitzeko, irri eta negar eiteko. Denetako denbora izan dut”. De esta manera resume su vida Alberto Lerindegi El Mejicano (el mote se lo puso su madre porque de pequeño se pasaba el día jugando con pistolas de madera). Ha pasado casi ocho décadas “en crisis”, pero siempre ha exprimido el día a día. En los 37 capítulos que componen el libro, escrito en aezkera y castellano, el autor abre las puertas de su corazón, con el fin de conocer su visión de la vida pirenaica.
Acaba de presentar Memorias de un jabalí. ¿Qué le ha motivado a escribir sobre su vida?
-Mi lengua es el aezkera, un dialecto del euskara que se está perdiendo, el que siempre hemos hablado en el Valle de Aezkoa. Por otro lado, en mi juventud fui contrabandista, y además, con 82 años que tengo, aprendí desde pequeño a hacer cosas que ya se han perdido, como el carbón, la cal, el pan, el matatxerri, la miel, el queso y muchas otras más. Así que nos pareció interesante escribir un libro que contara las costumbres de antes, las cosas del contrabando y, lo más importante de todo, hacerlo en un dialecto que se está perdiendo. Sobre todo queríamos que quedara escrita nuestra forma de hablar, para que no se olvide.
Después de realizar este repaso a su vida ¿cómo podría decir que es Alberto Lerindegi?
-Juerguista, bandido y trabajador (risas). He vivido todas las crisis que ha habido en este país, pero estoy contento con mi vida. No he estado enfermo hasta ahora, siempre pude hacer lo que quería.
En la introducción del libro cuenta que el día que su madre se puso de parto no llegó ni a la cama para poder dar a luz? ¡Se podría decir que usted ya apuntaba maneras!
-Sí, siempre he tenido bastante prisa por llegar a todos los sitios. Y además la vida es un círculo. ¿Sabes que el día que me dio el ictus me caí por las escaleras justo en el mismo sitio en el que había nacido?
No lo sabía, no... Cuéntenos, ¿cómo fue su infancia?
-Dura, muy dura. A mí me mandaron a trabajar de pastor, fuera de mi casa, cuando tenía 11 años. Estuve en Mezkiritz haciendo aquello durante un año, un mes y diecinueve días. Son cosas que nunca se olvidan. Y cuando volví seguí ayudando a levantar la casa. Así hasta el día que me casé.
Destaca que de sus 82 años ha pasado 75 en crisis. ¿Por qué?
-Siempre hemos vivido mal, con lo justo. Pregunta a cualquiera de mi edad. Los jóvenes hasta ahora no sabían lo que era pasar necesidad. Vienen malos tiempos para todos. Pero siempre se sale, como sea?
¿Cómo era la vida en Garralda hace 70 años?
-Era la posguerra y había mucha miseria. Las cosas no eran fáciles para nadie. Bueno, sí, quizás para los de siempre. Eso no ha cambiado. Los pobres no teníamos mucho tiempo para la juerga pero, eso sí, cuando nos divertíamos lo hacíamos a lo grande.
La muga con Iparralde ha influido en la vida de la zona, el contrabando solía ser habitual. ¿Cómo se realizaba?
-Durante muchos años traíamos ganado desde Francia, para trabajar en las labores del campo. Después, cuando llegaron los tractores aquí, aquellos mismos animales que habíamos bajado los llevábamos de nuevo a Iparralde para ser vendidos como carne. También andábamos, como ya he dicho, con puntillas y bobinas de cobre, principalmente.
Resulta curioso el nombre de uno de los capítulos: Cómo comprábamos a los guardias?
-No era difícil. Pasaban tanta miseria como nosotros, o más, así que no les venía mal un poco de dinero a cambio de hacer la vista gorda por la noche. La mayoría no era mala gente, pero nunca te podías fiar del todo de ellos. Cada uno hacíamos lo que nos tocaba hacer, y a nuestra manera, nos respetábamos los unos a los otros.
Ha llovido mucho desde entonces... A día de hoy ¿cómo ve la zona?
-Ya no queda casi nadie de los que conocí. Ahora hay muy poca gente, cada vez menos, y la que queda es casi toda mayor. Se han perdido muchas cosas de la cultura nuestra de antes, pero supongo que es imposible recuperarlas. Qué le vamos a hacer, así es la vida?
El mañana está en manos de los jóvenes de hoy... ¿Qué mensaje les gustaría darles?
-A los jóvenes del Pirineo les diría que sean fuertes, y que intenten aguantar, que lo están haciendo muy bien. Los que viven en la zona es porque realmente quieren hacerlo, y yo los admiro. Pero no tienen facilidades de ningún tipo. Y, si la gente emigra, los pueblos se mueren. Así que el mensaje se lo daría al Gobierno. Que se acuerde de que existe el Pirineo. Por si se les ha olvidado les recuerdo que está al Noroeste, lleno de gente que merece la pena y que, además, paga sus impuestos como todos los demás. Que inviertan en desarrollo en las zonas rurales, porque las ciudades sin los pueblos no son nada. Nunca he visto cultivar puerros en las aceras.
¿Qué Garralda le gustaría ver el día de mañana?
-No lo veré (risas). La mayoría de las casas del pueblo están cerradas, y las calles vacías. Me gustaría ver las ventanas abiertas, y que la gente que decida vivir allí pueda tener una vida digna.
Puntos de venta.
Valle de Aezkoa (excepto Abaurrepea), Aurizberri (Ederrena), Auritz (Dendaberri), Eugi (Restaurante Quinto Real), y en Huarte (Bar Oiezki, Casa Navarro y bar de la Casa de Cultura).
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