Cuando la patata fue la impulsora del Pirineo
LA PRODUCCIÓN DEL TUBÉRCULO SUPUSO UN EMPUJÓN A LA ZONA. | Hoy, a otra escala, varios agricultores todavía apuestan por su cultivo.
Hubo una época, a partir de la década de los 50, en la que la patata del Pirineo se convirtió prácticamente en el principal motor de la zona. Desde Otsagabia hasta Aurizberri-Espinal, este tubérculo cambió la vida de muchos agricultores: “Fueron años muy buenos, como quizá nunca ha tenido esta zona”, explica Felipe Cervantes, exagricultor de Aribe. A partir de la década de los 80 y 90, en cambio, la producción comenzó a disminuir paulatinamente. Atrás quedaban los años de bonanza. En la actualidad, hay cerca de 20 agricultores que siguen apostando por la patata del Pirineo. Son conscientes de la situación que atraviesa el sector, de las dificultades que pueden encontrarse en el camino, pero siguen trabajando por mantener uno de los productos más representativos de la montaña navarra.
Las raíces de la historia de amistad surgida entre el Pirineo y la patata remontan a finales de la década de los 40. Según informa Cervantes, en aquel entonces el ingeniero agrónomo Daniel Nagore, al frente del Servicio de Agricultura y Ganadería de la Diputación de Navarra, apostó por cultivar este tubérculo. El producto se adaptó muy bien al entorno gracias a las buenas condiciones que ofrecen los campos de la zona: la altitud, la calidad de la tierra y el clima.
Jaurrieta, en Salazar, fue uno de los primeros municipios que comenzaron a sembrar la patata y, posteriormente, le siguieron Eskarotze y las Abaurreas, en Aezkoa. Poco a poco, el paisaje agricultor de la zona comenzó a cambiar, ya que las demás localidades se sumaron a la producción. Las últimas tecnologías del mercado no llegaron en tardar, y revolucionaron aún más el cultivo.
del pirineo al estado La buena calidad de la patata del Pirineo enseguida encandiló al mercado navarro y al del Estado. “Los resultados eran extraordinarios, tanto es así que territorios que acudían a Araba a por sus semillas, terminaron viniendo aquí, como, por ejemplo, gente de León o Extremadura”. Cervantes recuerda perfectamente como llegó por primera vez un vecino de Tarazona, Zaragoza, a Aribe: “Comenzó a llevarse patata de aquí y, al parecer, le daba muy buenos resultados. Poco a poco se fue metiendo en este mundo. ¡Creo que se hizo hasta rico!”, cuenta sonriente.
En 1951 surgió la Organización de la patata del Pirineo oriental (OPPOSA) en Noáin, cerca de las vías del tren para poder transportar la patata por todo el Estado. Tampoco tardó en surgir el almacén de Aribe: “Guardaba entre 40 y 45 de toneladas diarias patatas que recogía de los pueblos del valle”. En medio del crecimiento de la producción, apostaron por crear un almacén cámara en Jaurrieta para guardar las semillas y distribuir los productos.
Los beneficios obtenidos con la patata se reflejaron en la vida de los agricultores. Hay quien dice que muchos compraron sus casas con el dinero obtenido en las campañas. “En mi caso, por ejemplo, pagué el tractor con el dinero obtenido de un año para otro”.
En la actualidad, la producción de la patata nada tiene que ver con lo que fue. El mercado es muy competitivo, y arrasan las grandes producciones. Holanda, por ejemplo, es uno de los países que más patata exporta al Estado: “Para cuando nosotros recogíamos 24 millones de kilos, ellos recogían 85. Tienen muy buenas condiciones, trabajan muy bien, y exportan barcos repletos de patatas que llegan a nuestro mercado. Contra eso no hay nada que hacer”.
La campaña 2014 contó con la producción de 21 agricultores. Según cuenta uno de ellos, David Merino, “desde hace 20 años el sector funciona gracias a las ayudas de la Administración. Competir con agricultores más grandes es muy difícil, y cada vez son menos los que se dedican a la patata”.
No obstante, los vecinos que siguen apostando por el tubérculo, de manera tradicional o ecológica, solicitan “colaboración en pro de la zona, que lo merece”, remarca el octogenario Cervantes.