De recuerdos, Longaniza y Biurdana
Hola personas, ¿Cómo va la cosa?, solo un consejo: estaos agachados que las balas silban cada vez más cerca y al que saca la cabeza lo peinan a raya.
Yo sigo con mis problemas locomotores, pero, como ya la cosa va de largo, me he acostumbrado y solo me molesta cuando respiro.
Esta semanita he vuelto a hacer uso de las bicicletas municipales y el miércoles a las 10:40:49, desanclé el vehículo número 583 y me dispuse a darme un largo paseo. Para empezar tomé la cercana calle Sangüesa, contra dirección hasta la Avenida de Galicia y a favor de corriente a partir de aquí, atravesé la Milagrosa, por su parte más cercana al centro, y llegué a la rotonda que forma con la Avenida de Zaragoza, entré en la vorágine automovilística que allí había y me hice un hueco para tomar la cuesta arriba que se presenta para subir a Erletokieta, y llegar a una nueva rotonda que me puspo en Sancho el Fuerte (Sancho VII de Navarra, héroe de las Navas de Tolosa, o… eso dicen).
Recorrí con calma la gran Avenida, que fue caja de vía del tren Plazaola, hasta llegar a la calle de Fuente del Hierro que tomé para entrar en la Vuelta del Castillo. Bordeando el maravilloso jardín fortificado, crucé la Avenida de Pío XII y en unos metros entré en la avenida de Barañain. Al tomarla me vino al magín el recuerdo de cómo era esa parte de la ciudad no hace tanto, apenas 60 años. La entrada la preside la Torre de Erroz, nombre que le viene por ocupar el solar que en su día ocupó el chalet de la familia Erroz, un precioso chalet estilo art decó salido de los cartabones de Víctor Eusa. Yo no guardo recuerdo de él porque yo era un pequeño infante cuando se levantó la actual torre que se levantó a partir de 1964, de mano de los arquitectos Javier Guibert y Fernando Redón. Es una torre muy curiosa que si se mira de forma cenital se ve su forma de mariposa. Frente a ella había una casa que recuerdo perfectamente, con un aire superior a las demás, que eran casitas más o menos humildes, esta era una casa de gran fachada con varias alturas y una gran terraza, yo siempre imaginaba en esa casa un gran lugar de ocio con casino, bar, sala de fiestas, así se llamaba entonces, y demás componentes de la juerga y el buen vivir.
Solo a mí se me debió de ocurrir semejante futuro para la casona ya que acabo víctima de la piqueta. Siguiendo adelante estaba a la derecha el campo de San Juan, que recuerdo muy perdido allí en el último estante de la memoria, y frente al campo había una caseta de refrescos que anunciaba Kins en un gran letrero. A su izquierda nacía la carretera de la Longaniza que en mi paseo intenté dibujarla en las calles actuales, pero es imposible, tras Monasterio de Urdax entré en la plaza de la Cruz de Malta que la Longaniza atravesaba por su centro, más o menos, llegué a San Juan de la Cadena y llegué de nuevo a Sancho el Fuerte que impide seguir la imaginaria, y desaparecida, carretera. A esa altura más o menos estaba la taberna del Rojo, apodo que le vendría del color de su pelo, supongo, no de sus ideas políticas, que tenía una gran cancha de bochas y en donde se celebraban grandes y reñidos campeonatos.
Al llegar a la avenida del rey navarro hice a mi derecha y llegué a la vaguada de Ermitagaña, precioso y amplio espacio verde que si no llega a ser por la oposición vecinal, hoy en vez de olor a hierba habría olor a gasolina.
Atravesé la avenida de Navarra, rechacé la calle Arcadio María Larraona, que tiene unos bonitos chalets, para tomar el paseo 25 de Noviembre (día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer) que discurre por detrás y que es balcón hacia Berichitos. La vista desde ahí es preocupante: en primer plano el cementerio y en segundo la cárcel.
Seguí mi camino y entré en un gran aparcamiento que me llevó a dos edificios singulares. En primer lugar, la Biblioteca de Navarra, que muestra, a través de sus cristales, infinidad de mesas, sillas, estanterías y, lógicamente, libros, muchos libros, entre ellos me consta que se encuentran las andanzas de D. Patricio. El siguiente edificio es el Conservatorio Pablo Sarasate, edificio extraño, con un jardín en rampa de dudoso servicio, amueblado de unos bancos de piedra de dudoso uso. La biblioteca dejaba ver su esencia, el conservatorio no, de aquí no se escapa ni un do re mi. Salí a la rotonda de Barañáin y me tiré a mi derecha por la cuesta que lleva a Landaben, antes de pasar el puente hice derecha y me metí en la carretera de Miluce. Ya sabía que a pocos metros tenía parada obligada en el cementerio de cosas inútiles de Pamplona. Ahí estaban las mil piedras que se han retirado de aquí o de allá, entre ellas, destrozado, el monumento a San Ignacio que hiciera el escultor Rebolé y que, al ser cambiado por uno de bronce, el viejo ha ido a la basura.
El tramo de hierros que salieron del puente del Plazaola cuando bajó el río, ahí siguen, peor que debajo del agua. Los tiestos de la fuente de la abundancia, vulgo MariBlanca, ahí están cogiendo pátina, en otro montón me llamó la atención un crucero desmontado, su basa, su fuste y esa especie de capilla múltiple que llevan los cruceros bajo la cruz, se encuentran allí, a la vista, llenos de maleza y musgo. Hice un poco de mala leche y seguí. Llegué al río y pedaleé en paralelo y contra corriente, llevando el Arga a mi izquierda y la tapia del cementerio a mi derecha. Al acabar el camposanto apareció una pasarela que me invitaba a cruzar el río por ella y llegar al paseo fluvial en su zona de San Jorge. Me pareció buena idea y la tomé. Por el paseo del Arga llegué a uno de mis lugares favoritos de Pamplona, el molino de Biurdana, edificio del siglo XIV, que fue útil hasta finales del XIX y hoy es un punto que da testimonio del pasado. Tras pasar un rato viendo caer el agua y viendo a las familias de palmípedos navegar con elegancia y meter la cabeza en el agua para enseñar el culo, seguí adelante y llegué a otra pasarela que me cruzó a Trinitarios, donde tomé un ascensor que me subió hasta la Taconera. Entré en el parque por el pasillo de desnudas catalpas y llegué al paseo central, donde busqué y encontré a los reyes recién trasladados de Sarasate. Y he de decir que me gustó mucho, quedan regios, al no ser precisamente obras salidas del cincel de Miguel Ángel, sus defectos se notan menos envueltos en verde y un poquito más alejados del espectador. Eran estatuas que se hicieron para lucir en el alero de un tejado y a esa distancia todo es bueno. A cada cual lo suyo, y esta decisión parece buena. Salí del parque y tomé el carril bici de Navas de Tolosa para volver al cogollo y a casa.
Hora y media de pamploneo. A gusto.
Besos pa tos.
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