“La concesión de este premio pone en valor el modelo musical identitario euskaldun”
Enrike Zelaia (Altsasu, 1939), es una de las personas galardonadas con el Premio Sabino Arana, un nuevo reconocimiento a este músico, compositor y folklorista.
“Por su prolongada y esencial labor en la investigación, recuperación y difusión de la identidad vasca a través de la cultura y la música para acordeón. Su vida ha sido un compromiso continuo con la revitalización de tradiciones y valores culturales propios”, destacó Arantxa Tapia, presidenta de la Fundación Sabino Arana, en la presentación de los premios. La entrega será el domingo en el Teatro Arriaga de Bilbao. Enrike Zelaia acudirá con su acordeón.
Dice que es akordeoilari, no acordeonista. ¿Cuál es la diferencia?
–Acordeonista es un músico que toca el acordeón y akordeoilari toca música vasca con el acordeón. Cuando descubrí ese modelo musical identitario euskaldun me sentí mucho más identificado y cercano con el público. Este premio pone en valor ese modelo. Con Festival Vasco comencé hace medio siglo una nueva trayectoria en mi vida profesional y personal. Fue un punto de inflexión. Llegó a través de un trabajo que me ofreció Belter, cuando ya había dejado prácticamente de tocar. Entonces estaba como profesor en una academia que monté cuando volví desengañado de ser profesional. Lo grabé en 1964 pero se publicó en 1967 y fue toda una revolución.
¿Por qué estaba desengañado?
–Después de ganar el Campeonato de España en 1958 y al año siguiente ex aequo el Festival Internacional de Pavía, Italia; quería vivir de la música clásica. Lo intenté. Suelen decir que los artistas para triunfar tienen que pasar hambre y estaba dispuesto a todo. Fui a vivir a Madrid y toqué en todos los sitios imaginables, desde radios, cabarets hasta el Circo Price. Pero me di cuenta de una realidad, de un futuro imposible de sostener. En estas tenía que entrar a filas con la buena suerte de que me tocó en África. Entonces se acabó mi trayectoria musical. Decidí volver a Altsasu, al bar que tenían mis padres.
En ese momento llegó la oferta de la discográfica. ¿Pudo elegir el repertorio?
–Si, me daban libertad absoluta, siempre y cuando fuera música popular vasca, Acostumbrado a una técnica de alto nivel, era una música que me resultaba muy sencilla. Pero quise mostrar ese virtuosismo en temas populares y darles un carácter más sinfónico. Incluí base rítmica con batería, bajo y guitarra, dando mayor fuerza expresiva a jotas, kalejiras o fandangos. Sorprendió y gustó. Llegó al corazón de mucha gente. Todavía se sigue vendiendo
Yo fui el primer sorprendido. No me explicaba dónde estaba la clave de su éxito. Al final me di cuenta de que era el lenguaje musical, la expresión de algo que tocaba las fibras sensibles de la gente. Además, descubrí que me sentía identificado con esa música, que no era lo mismo tocar a Iparragirre que a Rossini o Beethoven. Me salía de mi interior. Me hizo pensar en otra dimensión y trabajar un lenguaje propio. Se me abrió el mundo porque nos juntamos el hambre con las ganas de comer. Descubrí que era vasco, algo que intuía, pero de lo que no tuve conciencia plena hasta entonces. Era navarro y vasco. Investigar en la música me llevó a preguntarme sobre mi identidad.
Y decidió volver a los escenarios.
–Pensé que merecía la pena probar y monté un espectáculo con cuatro dantzaris para combinar música con euskal dantzak. Hice una primera experiencia en Urretxu y fue un éxito espantoso. Recorrimos toda Euskal Herria, no sé cuántas actuaciones pudieron ser. Había días que hacíamos tres. En cada territorio quería ofrecer un repertorio específico, por lo que empecé a investigar. De allí surgió la antología Zazpiak Bat.
¿La música le abrió más puertas?
–Precisamente, cuando estaba investigando sobre música popular en Altsasu supe de los carnavales. Me recorrí las cocinas del pueblo. Música recogí poca, alguna canción, pero me encontré con un arsenal de historia popular que estaba escondido debajo de la alfombra. En la memoria de muchos mayores continuaba muy viva la celebración del carnaval. Me contaban que era una fiesta impresionante, con imágenes de gran fuerza y osadía. Una fiesta única. Era un carnaval muy agresivo. En aquella época se dejaban en la calle los aperos de labranza. Los momotxorros los cogían y podían hacer de todo. Eran terribles. Hubo vecinos que se llevaban las manos a la cabeza y me preguntaban: ¿Otra vez vamos a volver a aquello?.
El carnaval de Altsasu, recuperado en 1982, se ha convertido en seña de identidad de este pueblo, sobre todo la figura del momotxorro.
–El éxito del carnaval altsasuarra se centra en la escalofriante figura plástica de los cientos de momotxorros que participan, junto a esa multitud de personajes diversos, mitológicos unos, monstruosos otros, estrafalarios y adefesios la mayoría, que, como salidos de las cavernas y por la fuerza de su imagen, presentan escenas inverosímiles de sorprendente belleza y plasticidad. Tiene el morbo de algo que te atrae pero al mismo tiempo atemoriza, creando una lógica tensión. Podemos decir con máximo orgullo que hemos logrado crear ese magma de convivencia que fortalezca nuestra identidad y mantenga nuestra unidad, sin abandonar cada cual el lugar que más desea o le corresponde.
En su trayectoria musical también ha destacado en su faceta como compositor, con más de 180 títulos.
–Serían más si contase otros como el Himno de Altsasu, el de Sociedad Deportiva o el de Altsasuko gazteak, más de dos docenas.
También ha sido clave en la recuperación de otras celebraciones como el repique o la cencerrada de la víspera de Reyes.
–Quería recuperar toda esa historia que nos unía pero que se había perdido y que forma parte de nuestras señas de identidad. Nos une y nos reafirma como pueblo.
En más de una ocasión ha dicho que hablar euskera es su gran asignatura pendiente.
–Soy como un eunuco, que me castraron de niño. He sido incapaz de aprenderlo, y no será por no haberlo intentado. La lengua es uno de los componentes básicos que nos distingue a los pueblos y el euskera es una de las lenguas más antiguas de Europa. N o sé hablarlo pero me emociona tremendamente escuchar cada vez más en Altsasu la lengua materna de nuestros antepasados.