En la Segunda Guerra Mundial el ejército norteamericano creó un grupo, al que denominaron Monument Men, que se dedicaba a salvaguardar las obras de arte de la devastación de los ejércitos y a recuperar obras incautadas en el avance nazi. Antes de aquella experiencia, que tuvo su reflejo en el cine, la España republicana ya había creado en 1936 un organismo similar, la denominada Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico que tenía como objetivo recuperar y conservar en nombre del Estado “todas las obras, muebles o inmuebles, de interés artístico, histórico o bibliográfico, que ofrezcan peligro de ruina, pérdida o deterioro”.
El primer presidente de este organismo, nombrado cinco días después del golpe de Estado, fue el corellano Carlos Montilla Escudero, condenado a muerte por “adhesión a la rebelión militar”, como sentenciaban los golpistas a quienes habían defendido la República, consiguió salvarse gracias a la intercesión de uno de sus hermanos, oficial del ejército sublevado.
Biografía
Carlos Montilla, republicano convencido, militante de Izquierda Republicana y amigo personal de Manuel Azaña, no era corellano de nacimiento, ni siquiera de vecindad, pero su familia tenía ascendencia corellana. Nacido en 1890 en Zaragoza, era el mayor de los 8 hijos de María del Villar Escudero Echevarne Marichalar y Diez de Ulzurrun, casada con Mariano Montilla Fernández, Comandante de Caballería. Hermanos suyos fueron Fernando, Eugenio, Anselmo, Mariano, María del Villar, José y Jorge. Su conexión con la ciudad del Alhama era tal que cuando fue detenido en Pyla-Sur-Mer por miembros de la Gestapo y policía española dio como dirección de residencia la calle Rebote, 1, de Corella.
Carlos Montilla Escudero fue un ingeniero agrónomo español relacionado con el mundo cultural de la República y muy activo políticamente, amigo cercano de Manuel Azaña, a quien conoció en el Ateneo de Madrid y miembro de Acción Republicana y de Izquierda Republicana, partidos creados por el que fuera presidente de la República en 1936.
Tras proclamarse la Segunda República el 14 de abril de 1931, Montilla fue designado gobernador civil de Badajoz en septiembre de 1931 por el gobierno provisional, un cargo en el que estuvo un mes ya que cesó el 19 de octubre y pasó inmediatamente a ser gobernador civil de Zaragoza el 21 de octubre de 1931, donde permaneció hasta febrero de 1932.
Ese mes, el Consejo de Ministros que presidía Azaña le nombró director general de Ferrocarriles, Tranvías y Transportes Mecánicos por Carretera, a propuesta del ministro de Obras Públicas, Indalecio Prieto, en un momento especialmente convulso por las reivindicaciones laborales en un servicio fundamental. El periódico El Liberal decía de su nombramiento que como gobernador civil “ha mostrado una rara sagacidad política, que le ha permitido conciliar su criterio auténticamente liberal con una energía serena y una impecable imparcialidad ante toda suerte de contiendas políticas y sociales. Don Carlos Montilla, que tan altas dotes políticas ha mostrado en el primer puesto que le ha asignado la República, pertenece a la generación juvenil, que con su brío generoso hizo posible el cambio de régimen y que ya realizado éste aceptó con entusiasta abnegación cargos tan erizados de dificultades como escasos en provechos y lucimientos”.
Además de sus cargos, militó en el Comité Nacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en el momento de comenzar la guerra y en la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Asimismo, en 1935 participó también en la publicación Línea, junto a nombres tan destacados de la cultura y la política de la época como Álvaro de Albornoz, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Francisco Cruz Salido, León Felipe, Federico García Lorca, Antonio Machado, Juan Negrín, Pablo Neruda, Eduardo Ortega y Gasset, Luis Salinas, Ramón J. Sender o Julián Zugazagoitia, entre otros. Línea tenía como objetivo la “defensa de la República y de las libertades populares frente al avance de la reacción y la amenaza del fascismo”, algo que ya era real en Alemania e Italia.
Como responsable de los Ferrocarriles fue cesado con la llegada del Bienio Negro (finales de 1933 y principios de 1936) bajo el gobierno de derechas de Alejandro Lerroux y su alianza con la CEDA.
Defensa del arte
Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 volvió al cargo, que dejó después del Golpe de Estado del 18 de julio para ser nombrado, sin sueldo, presidente de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, institución creada por decreto del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 23 de julio de 1936.
Como presidente de la Junta de Incautación, tuvo que hacer frente a otros organismos creados por partidos políticos y organizaciones obreras que actuaban por su cuenta, y a numerosas polémicas y críticas, siendo famoso su enfrentamiento con el Duque de Alba a través de los periódicos.
La tarea de la Junta estaba clara: recuperar y clasificar las obras de arte que corrían peligro por la guerra, porque los edificios en que se encontraban amenazaban ruina o las que se obtenían como resultado “de incautaciones de bienes que los insurrectos abandonaron al enrolarse en la insurrección”. Montilla contaba en la revista Mundo Gráfico que habían incautado libros en el palacio de Lázaro Galdiano “que valían doce o trece millones de pesetas. Algunos, por cierto, que conservan en sus páginas el sello de nuestra Biblioteca Nacional, de donde fueron sustraídos y a la que, naturalmente, habrán de volver”.
Su enfrentamiento con el Duque de Alba llenó páginas de periódicos y revistas. El 18 de febrero de 1937, desde Londres, el duque declaró en The Times que la destrucción del patrimonio artístico español era solo “cosa de los rojos”, a los cuales atribuía “toda clase de desafueros al alcance de la escasa imaginación de la anacrónica aristocracia española, famosa por su orgullo fatuo e inconcebible analfabetismo”.
Esta guerra mediática Montilla comenzó cuando en el Manchester Guardian el responsable de la Junta habló de la “eficiente labor realizada” por la Junta cuando el Partido Comunista instaló una guardia en el palacio de Liria (propiedad del duque) para salvaguardar las obras. Sin embargo, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, Duque de Alba, declaró en la entrevista que el palacio y las obras no había sido abandonados por él y que los tesoros del Prado esperaban a buen recaudo en los sótanos del Banco de España, donde estaban seguros de todo peligro del fuego y de los bombardeos. Montilla le contestó que “hemos reunido unos 600.000 volúmenes, pertenecientes a particulares y situados en casas no ocupadas por ellos en estos momentos, todas ellas de Madrid. A él esto no le parece abandono. A mí, sí”. Montilla recuperó las obras del Banco de España, las repuso en el palacio y dio autorización de que se realizaran visitas (mientras lo permitiera la guerra).
Según el relato que hizo el propio Montilla en Mundo Gráfico del 7 de octubre de 1936, la Junta había recogido ya 14.000 obras artísticas, de las que 8.000 son cuadros, incluso 30 Goyas y 15 Grecos, algunos, como los que había en el convento de la Encarnación, desconocidos hasta hoy. Estas obras se habían catalogado en los edificios madrileños más adecuados; pero como la barbarie fascista no se ha convencido de que en la capital no hay un palmo de terreno seguro, estamos trasladándolas a lugares más adecuado y en sitio desconocido, creemos, para el enemigo.
En diciembre de 1936, el periódico La Libertad narraba algunos de los trabajos llevados a cabo por la Junta como era la protección de la riqueza cultural, “las veintiún bombas que cayeron sobre el palacio de la Biblioteca Nacional no produjeron destrozos por las medidas de precaución tomadas. Los sacos terreros, al deshacerse, actuaron de contrafuego, impidiendo que se propagase el incendio. Aparte de los valores que encierra la Biblioteca, había allí acumulado la Junta todos los libros, manuscritos y grabados procedentes de colecciones particulares abandonadas por sus dueños y que ascienden a 630.000 volúmenes”.
Detención y exilio
Carlos Montilla abandonó la Junta tras su nombramiento como encargado de negocios representando a la República en las embajadas de Belgrado (20 de diciembre de 1936) y La Habana (28 de febrero de 1938).
Finalizada la guerra, se exilió en Francia manteniendo un estrecho contacto con Azaña hasta ser detenido por policías alemanes y un agente español el 10 de julio de 1940 en Pyla-sur-Mer, junto a Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña. El 27 de julio fueron entregados al gobierno de Franco junto con Julián Zugazagoitia, Teodomiro Menéndez y Francisco Cruz Salido. Procesados el 10 de septiembre de 1940 se les condenó por “adhesión a la rebelión militar” en juicio sumarísimo celebrado el 21 de octubre y condenados todos a muerte excepto Teodomiro Menéndez, que escapó de la pena capital por la intervención a su favor de Ramón Serrano Suñer.
En la acusación se señaló a Montilla como “persona destacadísima en los gobiernos del Frente Popular” y que en este tiempo “demostró plena identificación con el Ejército Rojo, oponiéndose al triunfo del Glorioso Movimiento Nacional”.
Montilla estuvo en la cárcel Provincial de Madrid en 1941, trasladado a Alcalá en 1942 y ese mismo año al Puerto de Santa María donde finalmente fue liberado el 13 de febrero de 1946.
El hermano de Carlos Montilla, Fernando Montilla, fue el artífice de que la pena de Carlos fuera conmutada por la de 30 años y posteriormente indultado. Otro de sus hermanos, Jorge Montilla, había muerto en el frente el 2 de septiembre de 1938 en el bando sublevado siendo capitán de Artillería. Otro de ellos, Eugenio Montilla, era marino y colaboró con el Ministerio de Marina de la República, lo que le costó también el exilio.
Aprovechando el primer permiso penitenciario, Carlos Montilla se exilió al sur de Francia, publicando colaboraciones en la prensa francesa y recibiendo las visitas de otros exiliados republicanos. Falleció en Biarritz el 20 de febrero de 1963 donde residía con su segunda esposa, María de la Concepción Ximénez de Sandoval.