Feliziana Zabaleta Zestau, baserritarra de Leitza de 92 años, es una de esas mujeres que, sin sueldo, han trabajado toda su vida. Madre de 17 hijos e hijas, a la crianza de una gran familia se sumaba el trabajo del caserío; mucha tarea dentro y fuera del hogar, sin festivos ni vacaciones. Solo trabajo. Y es que la vida en los caseríos no puede entenderse sin el papel central de las mujeres, clave tanto en lo económico como en lo social y cultural. Ella y muchas más mujeres sostuvieron las familias, un trabajo silencioso pero fundamental.
Nacida en el caserío Rezuma, en Erasote, uno de los cinco barrios de Leitza, desde niña tocó arrimar el hombro. Era la mayor de 11 hermanos y en casa siempre había algo que hacer. “Ayudaba al padre en lo que podía, dar leche a los terneros, recoger leña, hierba, hoja para las camas del ganado… Con 12 años comencé a ordeñar”, recuerda.
Salió de Rezuma con 22 años para casarse con Miguel Zabaleta, de Aurtxikenea. “hombre bueno y trabajador”, según cuenta esta mujer de pocas palabras pero que te acoge con una sonrisa. Pronto llegaron los hijos. Kattalin, la primera, nació al año siguiente de la boda y la última, Miren, cuando Feliziana tenía 46 años. Entre tanto llegaron al mundo Ramón, Asun, Miki, José Manuel, José Antonio, Ana Beatriz, Esteban, Gloria, Miguel Mari, Isabel, Lore, Juan Carlos, Estitxu, Jokin e Iñaki. Miguel Mari falleció con 4 meses y Esteban hace 15 años.
En Aurtxikenea la vida no era fácil. “No había agua corriente”, recuerda Feliziana. Además, era un caserío nekoso, con muchas pendientes que hacían aún más duro el trabajo de la tierra. Salvo la mayor, que nació en un taxi camino del hospital, otros siete nacieron en este baserri de Erasote, atendidos los partos por su suegra, Francisca Zabaleta. “Kattalin venía de nalgas y el médico de entonces, que era mayor, no se atrevía. Iba conmigo en el taxi y llegando a Iza, nació. En vez de ir al hospital, nos dimos la vuelta y a casa”, cuenta.
Traslado a Borda berri, en Gorriztaran
En 1965 la familia se trasladó a Borda berri, en Gorriztaran. “Era mejor caserío, más fácil para labrar”, observa. Del trabajo en este caserío salió adelante esta gran familia, con la venta de leche como principal actividad. Allí nació Gloria y los ocho restantes en el hospital, tanto en Tolosa como en Pamplona.
Aunque el agua salía del grifo, no había lavadora, ni siquiera un hornillo de butano para cocinar o simplemente para calentar un poco de leche. Había que encender la cocina económica y esperar a que la chapa se calentara. Pero antes tocada preparar la leña para alimentar el fuego.
Feliziana le quita importancia, era lo que había entonces. Además, le echa parte del mérito a su suegra. “Me ayudó mucho. Era una mujer muy buena y voluntariosa”, rememora con afecto. Preparar cada día la comida para una veintena de personas, sin frigorífico, tampoco parece tarea sencilla. “Se comía lo que había en casa, alubias, patatas, berza, vainas, puerros, cerdo, pollos, conejos… A veces también alguna oveja vieja”, recuerda. Nunca faltó un plato caliente en la mesa en este caserío situado a unos 5 kilómetros del núcleo urbano de Leitza.
Aún encontraba tiempo para coser. Cuando la ropa era casi un artículo de lujo, vestir a tos hijos no era fácil. Las prendas pasaban de unos a otros, con algunos arreglos. “Teníamos unos familiares en Donosti que nos daban la ropa que ya no usaban”, recuerda agradecida.
Una larga vida y una gran familia
Así, alrededor del fuego de Bordaberri, entre fogones, cunas y labores del campo transcurrió buena parte de su vida. Los hijos se fueron marchando y la familia siguió creciendo. Hoy suman 33 nietos y nietas y 34 bisnietos y bisnietas, cuenta que lleva Feliziana con una memoria prodigiosa. “Juntarnos todos es difícil. Todos los hijos si, por lo menos una vez al año, en torno al 19 de enero, para celebrar su cumpleaños”, observa Miki, una de sus hijas.
Hace dos años se fue a vivir al pueblo con la menor de sus hijas por unas obras en Borda berri. Lo que iba a ser algo temporal se ha alargado. “Se adaptó bien y de ella salió quedarse. En el caserío vivía con mi cuñada y sus hijos pero a las mañanas se quedaba sola porque tenían que ir a trabajar. Estando en el pueblo es más fácil visitarla”, cuenta Miki. Lo cierto es que siempre está rodeada de los suyos. “Les doy mucho trabajo”, lamenta esta mujer acostumbrada a dar. Ahora recoge lo que ha sembrado y se deja cuida con una sonrisa, la misma con la que ha afrontado toda la vida.
Primer txupinazo de su vida y protagonista
Persona discreta, recuerda con asombro el día que lanzó el cohete, junto a Micaela Zabaleta, su cuñada, en representación de las baserritarras de Leitza. Además, fueron elegidas por votación popular. “Eso también teníamos que ver”, dice. Era la primera vez que acudía al txupinazo. Y lo hizo de protagonista.