Este sábado ha sido un día grande en Aspurz, Aizpurgi en euskera. El pequeño concejo del Almiradío de Navascués ha celebrado la inauguración de Idokorri Elkartea, espacio compartido recuperado y motor del pueblo que se detuvo con el incendio sufrido el septiembre de 2020. Seis años después, el corazón de la sociedad que toma el nombre del monte más alto del lugar vuelve a latir con fuerza. “Era todo lo que teníamos, donde nos juntábamos, organizábamos las fiestas y todas las actividades populares. Con el incendio, se paró el motor del pueblo. Después, llegó la pandemia, las guerras…”, cuenta Toño Braco Domínguez, alma de Idokorri, vecino de Aspurz hoy jubilado y uno de los 18 habitantes que abren su casa a diario.
La necesidad y la actitud de la junta fueron decisivas, a su juicio, para emprender el camino de la recuperación. Y este sábado lo ha recordado con emotivas palabras, junto a Beatriz Osés Burguete, antes del brindis inaugural. Han hablado de ilusión, fuerza, voluntad comunitaria y generosidad ante las dificultades burocráticas y económicas de su rehabilitación. También de agradecimientos: “A las personas mayores, transmisoras de su saber, a quienes se fueron, a la juventud, que no dejó de acudir al pueblo cuando se quedaron sin la sociedad, y al equipo que ha llevado el peso”.
En los seis inviernos sin Idokorri, a Aspurz no le ha faltado el aliento, ni propio, ni de pueblos vecinos que ofrecieron su ayuda. Junto al frontón, se instaló una carpa que sustituyó al edificio para reunirse en comidas y cenas, y sufragar el coste de la reconstrucción del espacio. Este se gestó hace cuatro décadas, en el mismo edificio en el que hoy se levanta la nueva sociedad, que linda con la iglesia y mira de frente al frontón.
“Mi padre siempre decía que la casa era del pueblo, pero la Iglesia la inmatriculó en su día. Nosotros la disfrutamos como sociedad y, si bien no pagábamos renta, hicimos constantes obras de mejora. Ahora se la hemos comprado al arzobispado, con préstamo del banco, préstamos particulares y las cuotas, que hemos subido, e incluso se cobra a personas jubiladas que antes no pagaban. Lo mejor es que ha habido acuerdo en todo, que somos una piña en asambleas y auzolanes”, ha expresado Toño.
Idokorri ya es de Aspuz. Donde siempre estuvo, luce ahora con dos plantas nuevas: cocina, comedor, barra, dos baños y almacén en la primera y sala mutiusos en la segunda. Cuenta con 78 socias y socios, los más mayores octogenarios. Cumplidos los 84 años, José Miguel Miranda Ayerra, y José Javier Braco Equiza han sido parte activa en la reconstrucción de la nueva sociedad. “Hemos hecho carpintería, fontanería, trabajado la piedra, la madera y hemos cocinado con alegría” han manifestado. “Piensas que tú has sido joven y que hay que enseñarles ahora, marcar el camino”, han dicho ambos impulsores de Idokorri desde su fundación en 1982.
Compartían ilusión con el colectivo de mujeres: Ángela Plaza, Ángeles Vera, Tere Gironés, Domi Iriarte, Villar López, Puri Braco, Sagrario y Rosa Burguete. “Hemos aportado comidas, limpiezas y alegrías. Somos jubiladas que volvemos a pagar la cuota encantadas. Estamos muy contentas”, declaraban. A su lado, posaban satisfechos miembros de junta: Pablo Sarriés, Israel Miranda, Hodei Mantxo, Silvia Bernués e Iban Burguete. “Si no tenemos esto, el pueblo muere”, compartían.
Nuevas pobladoras como: Arantza Equiza Iriarte, 56 años, que vive y tele trabaja en el pequeño concejo desde la pandemia. “No cambio esta calidad de vida”, ha mantenido convencida. Por su parte, Lucía Gorría Juárez (44) vecina de Aspurz desde 2018. “Llegué por amor y me quedé por amor a mí misma”, ha confesado. Emprendedora en un comercio en Otsagabia lo combina con sus talleres artesanos. Eligió el medio rural para vivir. “Aquí se hace pueblo”. Fue la misma opción de vida de Beatriz Osés Burguete, sanitaria que agrupa en tres días sus jornadas laborales para recorrer los 60 km que separan Aspurz, pueblo de origen de sus progenitores, de Pamplona, ciudad que abandonó tras su divorcio. “Me compensa. La calidad de vida es brutal y siento orgullo por haber logrado reconstruir la sociedad”.
Toño nunca se fue del pueblo, donde ha sido ganadero desde los 14 años. "A mí no me preocupa la despoblación que parece que tanto agobia a la gente. Me conformo con mi vida en plena naturaleza, con sus ventajas y desventajas”, ha apuntado.
Voces de orgullo y emoción a flor de piel. Un día importante para las gentes de Aspurz que reabren las puertas y reactivan el motor de Idokorri Elkartea.