LES voy contar una reflexión que surge de comidas sabatinas cuya sobremesa se puede alargar hasta las siete o las ocho de la tarde, cuando nos echan del restaurante para preparar la cena.
Se reflexionaba sobre las actuaciones tan desastrosas que a veces tienen los políticos, y se ponían ejemplos más que evidentes de decisiones increíbles sobre temas conocidos y ubicados en Navarra y en varios lugares de España.
Transcurría la discusión con pasión hasta que un contertulio, profesor de Universidad en el País Vasco, expresaba: "Vosotros criticáis las actuaciones en función de parámetros de ingenieros y de arquitectos pero, mis queridos amigos, las actuaciones públicas se realizan en parámetros de poder".
La expectación había aumentado en el auditorio y seguía: "Las cosas públicas se deciden en función del poder que ostenta una persona y le confiere la capacidad de decidir sobre un asunto público. ¿Quién manda aquí? ¿Mandas tú o mando yo? Mando yo, luego tú te callas y yo decido.Y ten en cuenta que cuanto mayor sea la barbaridad que yo decida más ejerzo mi poder, más demuestro quién es el que decide aquí y queda más claro quién es el que manda. Y decido que la vía vaya por allí y que la carretera se lleve por allá. ¿Veis ese monte? Pues lo quitaremos de ahí y lo llevaremos al otro pueblo. Y ese barranco lo llevamos aguas arriba. Y lo curioso es que, por la imagen irreal que consigue dar el poder, el ciudadano va a percibir que ese político ha hecho cosas importantes, visibles, etcétera. Se va a conseguir una gran confianza en ese político capaz de realizar grandes actuaciones...".
Seguía la idea de lo decisivas que resultan estas decisiones para nuestro bienestar, para el bienestar del ciudadano de a pie. De cómo las decisiones de los políticos en cualquier materia tienen un efecto enorme sobre nuestro bienestar y, casi diría, sobre nuestra felicidad, y cuando esas decisiones se toman en términos de poder y no en términos de lo que más conviene a los ciudadanos, se produce ese alejamiento de la credibilidad del político y ese alejamiento del ciudadano del sistema de decisiones actual.
Si el ciudadano comprueba que no puede intervenir en las decisiones públicas y que su voto sirve de tan poco que, al poco de emitirlo, se convierte en monedilla de mercado barato...
¿Sería posible plantear una evolución del sistema democrático, del sistema de elecciones, del sistema de listas de los partidos, de la composición de los órganos de decisión, etcétera, de tal manera que a mucha gente valiosa de la sociedad le apeteciera intervenir en política? Qué bonito sería que el sistema de elecciones fuera tal que la sociedad pudiera llegar a elegir como políticos a sus personas más valiosas. ¿Dónde existirá un país así?
Paco Monente Zabalza
Arquitecto