lA primera irrupción de la epidemia del sida hace ya casi tres décadas vino acompañada por una perversa estigmatización de una enfermedad que se asociaba únicamente con determinados grupos de población muy concretos y por el oscurantismo del que venían rodeadas las informaciones de los primeros casos. Poco a poco, la socialización de la lucha contra el virus del VIH supuso un giro vital para crear lazos de solidaridad y, sobre todo, para plantar cara con intensivas políticas de información, sensibilización y prevención. Y hoy, pese a la sensación de que a principios de siglo XXI la amenaza del sida se ha relajado, la realidad no es muy diferente: la pandemia sigue presente y no conviene confiarse. En la conmemoración este año del Día Internacional de lucha contra el Sida, las asociaciones médicas y civiles que trabajan contra la enfermedad o en apoyo de las personas afectadas han hecho hincapié en la importancia de la detección de la enfermedad y en mantener la alerta sobre las vías de transmisión. De hecho, la detección precoz de la infección es un factor clave para evitar el desarrollo del síndrome y poder seguir los tratamientos antirretrovirales que, además, son cada vez más numerosos y más efectivos. Igualmente, y más allá de la alta esperanza de vida conseguida en los países más avanzados, no se puede olvidar el drama que supone la permanente extensión de la enfermedad en África -a la vez que crece en Europa oriental y en Asia central-, con las mujeres y los niños y niñas como principales víctimas de la pandemia. Porque la terrible resultante a día de hoy es que, cuando el sida ya ha segado 25 millones de vidas, la epidemia afecta aún a 33 millones de personas. Quizá siga siendo necesario insistir en las ideas básicas de siempre: la prevención, la educación sexual, la solidaridad, reiterar cuáles son las vías de contagio, que no es una epidemia asociada sólo a determinados colectivos, que los portadores no son apestados ni bombas andantes de expansión de la enfermedad, y que mata más la discriminación que el virus. Los grupos y organismos públicos comprometidos con esta causa mantienen una actividad incansable, pero es necesaria la implicación política y la asunción de compromisos públicos efectivos y constantes, no sujetos al albur de las derivas económicas, y de acuerdos internacionales. En la lucha contra esta enfermedad, los únicos riesgos son la desidia institucional, la ignorancia social y el fanatismo religioso.