Cualquiera que observe a los animales, aunque sea en el zoológico, constatará sus frecuentes conductas homosexuales. Cuando su proliferación pone en peligro su subsistencia, aumenta esa conducta homosexual, como un freno poblacional muy efectivo, por lo que es muy beneficiosa en esas circunstancias. Lo mismo ocurre en la especie humana y nos refleja la historia universal. El Papa podrá decir que "la homosexualidad es un pecado", con toda razón desde su concepción teológica, pero cuando añade, como acaba de hacer, que "la homosexualidad va contra la naturaleza" demuestra que la fe le ciega por completo para no ver lo que tiene ante sus ojos o, lo que sería aún peor, peca por su poca fe, creyendo que el fin justifica los medios, cuando, como dice la Biblia: "Dios no necesita de nuestras mentiras".