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Atropello aéreo

¿DÓNDE viajan los sueños cuando los aviones no despegan? ¿Puede el cierre de un espacio aéreo impedir que vuele la imaginación? Silencio, tristeza, enfado, decepción, indignación, impotencia, rabia, insultos, cansancio, desconcierto... eso es lo que miles de viajeros se traerán de recuerdo de este puente de la Constitución marcado en negro ya en muchos calendarios. Será difícil dar la vuelta a esa triste imagen de los sueños rotos tirados por los suelos de las terminales, esas maletas perdidas que giran y giran sin dueño ni destino. Equipajes facturados a ninguna parte, tarjetas de embarque que nunca se embarcan, colas interminables para reclamar lo que nunca te darán; tener que aceptar a la fuerza que el cliente no tiene la razón, porque la sinrazón de unos pocos y la mala gestión de un Gobierno pueden más que el derecho de miles de ciudadanos y ciudadanas. El caos aéreo de estos días, provocado por el parón de los controladores (ese colectivo privilegiado que gana salarios indecentes, con derecho a la huelga sí, pero no a pisotear al resto) y el desacierto negociador del ministro José Blanco han llevado al país a una alarmante situación de alarma, insólita en Democracia, y a la desconfianza generalizada hacia un sector, el aéreo, que una y otra vez pasa por encima de miles de personas que llegan a los mostradores cargados de ilusión y vuelven repletos de mala leche. Las cámaras de fotos de quienes iban a viajar este puente en avión se han llenado de imágenes desoladoras, las de ellos mismos tratando de controlar la ira incontrolable en una situación extrema. ¿Te puede atropellar un avión? Parece ser que sí, al menos sus controladores ya lo han hecho.