Se ha decretado el estado de alarma en casa. Afortunadamente, eso no quiere decir que ha venido un militar para apartarme del ordenador a punta de CETME y escribir él La Entibadora en plan parte de guerra: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el sindicato de controladores aéreos USCA?". Pero ojo, que todo puede llegar. De momento, el Gobierno baraja la posibilidad de alargar el estado de alarma dos meses "para que el cierre del espacio aéreo no se repita en Navidad", lo cual supone una amenaza nada velada contra la huelga legal y legítima que los sindicatos de Aena han convocado en contra de las privatizaciones para esas entrañables fechas. Al grano: lo que quiere decir eso de que se ha decretado el estado de alarma en casa es que he vuelto a activar la alarma del despertador, ya que me toca trabajar en pleno Acueducto Foral de la Inmaculada Constitución -por cierto, curioso eso de celebrar el día de la Constitución en estado de alarma-. He amenazado a mi jefe con denunciarlo ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, el TAN, la FIFA o alguien, por hacerme trabajar en unas fechas sagradas para mí. Me ha respondido que no soy ni constitucionalista ni creyente. He intentado contraatacar argumentando que los que son sagrados para mí son los festivos, independientemente de su excusa argumental. Pero me ha rematado subrayando que la semana pasada no trabajé un solo día. Así es que he empezado a currar. Ayer podría haber ido en pelotas a la radio y no se habría enterado nadie. No lo hice porque ya me dirás tú qué gracia tiene pasearte por Pamplona desnudo en pleno diciembre, con un frío de helarte el moco -y, si vas sin ropa, más cosas, claro-. También podría haber vuelto a casa en bolas y mi periplo naturista habría pasado igualmente desapercibido, pues al mediodía en la calle no había un alma. No vi ni una triste rata, lo cual me descolocó, porque Chivite -el de El Farolito- dice que nunca estamos a más de 40 metros de una, mientras el Ayuntamiento defiende que la nuestra es una ciudad "casi libre" de ellas, y yo soy más de fiarme de Chivite que del Ayuntamiento. La cosa es que la ciudad estaba vacía y que a mí me dio vértigo. Sentí algo de angustia y cierta tristeza. Las ciudades vacías son tristes porque son un sinsentido, una negación, un fracaso. A lo peor hay que empezar a acostumbrarse a ese tipo de ciudad. Cada vez hay más locales comerciales vacíos en Pamplona. Según publicaba ayer este periódico, en junio de este año eran ya 1.818, 275 más que en 2008. Alarmante.