El edificio Avalon, en la manzana del Bar Leyre, iba a estar construido para 2012. En él iban a vivir 69 familias en pisos y áticos de lujo. En su fachada combinarían el vidrio y la piedra, tendría garaje y locales, y el más barato no bajaría del medio millón de euros. Avalon, le puso de nombre la constructora. Avalon o Avalón, esa isla legendaria que la mitología celta sitúa en algún lugar de las Islas Británicas, y donde los manzanos dan siempre sabrosas frutas y habitan nueve reinas hadas. En el onírico edificio soñado en plena burbuja inmobiliaria, tal vez el nuevo Larumbe fuera la Sidrería de Morgana y el Leyre triunfaría como bar de ambiente gótico decorado con sagas y caballeros. Cochecitos Pérez vendería arreos para caballos blancos, armaduras infantiles y gormitis, Deportes Olimpic se reencarnaría en todo para el esgrima, la pescadería Arrain ofrecería pociones mágicas con marisco, y Material Eléctrico Iturralde vendería conexiones para tele transportarse cómodamente a Camelot desde el salón-mirador de cualquiera de las soñadas viviendas de lujo.
Permítanme esta fábula fácil del boom del ladrillo, pero para mí que la hoy ruinosa manzana del Bar Leyre resume la ilusión frustrada de constructores ambiciosos y propietarios exclusivos que han llevado a la economía real al pozo de los horrores. El sueño de una residencia de lujo en Avalon está ahora muy lejos para la constructora, pero aún es más irreal para las nuevas parejas, los recién separados y los jóvenes que, desde la cama nido de casa de sus padres, miran las veinte mil viviendas vacías y demandan pisos reales a precios asequibles.
Desde hace dos años, junto al cartel de Avalon, entre los miles de coches y buses que ensordecen esa esquina, nos hemos acostumbrado a ver los epitafios de "liquidación por derribo" de los 30 establecimientos, a las últimas coladas tendidas de las 144 viviendas desalojadas, a las solitarias macetas. Hoy, el edificio es propiedad, dicen, de un banco de Valencia que prepara su derribo y, calculando que en los próximos años nada se moverá en el nuevo solar vacío, algunos vecinos ya piensan en su nuevo destino: ¿espacio libre? ¿bancos? ¿columpios? ¿mercadillo? Nada de sueños: quieren un aparcamiento para sus coches. Avalon no existe, chica, parecen decir, ya somos mayores y no queremos sueños, lo que queremos es aparcar.