Impunidad global
escribo estas líneas aún afligido por cómo Javier Couso, hermano del cámara de televisión acribillado en 2003 en Irak por las tropas estadounidenses, acaba de relatarme los tremendos padecimientos adicionales de su madre al leer los documentos filtrados por Wikileaks. Telegramas que refieren los contactos de la Fiscalía con la embajada yanqui en Madrid para cortocircuitar el proceso judicial avalado por el Tribunal Supremo y licuar las responsabilidades de los asesinos y del país bajo cuya bandera mataron. Un dolor que se torna en irritación porque, si no cabe escandalizarse de que el embajador Aguirre cumpliera con sus funciones ordinarias de informar a sus superiores y presionar a los operadores a su alcance, sí es motivo de enojo comprobar la pleitesía rendida por algunos poderes de este Estado a un mero interpuesto gubernativo. Siempre según los cables elaborados por la diplomacia norteamericana, cuadrándose hasta el punto de suministrar información reservada, lo que podría conllevar un presunto delito de violación del secreto de sumario que la familia Couso pretende ahora aquilatar con una nueva denuncia. Más allá de felicitar a los allegados de José por no desfallecer en tan desigual lucha por hacerle justicia 7 largos años después y de solidarizarse con esta noble causa, nos sobreviene la terrible impotencia derivada de que los papeles de Wikileaks no servirán como medio de prueba, nadie hará testificar al embajador y, lo peor, no habrá banquillo donde sentar a los militares acusados. ¿Justicia universal? Pues no. Impunidad global será.