"La vida te da sorpresas" cantaba el gran ideólogo y rumbero Gato Pérez y, a esta columnista, la vida le reservó una de las más grandes: además de convertirla en periodista, ciclista y un poco cuentista, le hizo madre de una niña con un grave retraso psicomotor. Con ella llegó una princesa a nuestro poco monárquico hogar y, como muchas otras familias, así lo hemos tenido que aceptar: dedicación constante, atención exquisita y tratamiento de alteza los 365 días del año. Como en la república independiente de nuestra casa también trabajamos fuera, nos tocó aprender el verbo conciliar casi desde antes de saber que existía.
Así que se nos alegró el ojillo cuando el Ayuntamiento de Pamplona comenzó a hablar del nuevo programa Concilia que, como a otros padres y madres, nos permitiría participar en actividades públicas de cultura y ocio al mismo tiempo que nuestros hijos. Pero, una vez más, se han vuelto a olvidar de nosotros: no está previsto que niños con discapacidad intelectual participen en la recién presentada programación de los civivox. Tampoco lo está en los campamentos de verano, en los talleres de vacaciones ni en las actividades de conciliación. Ni en este Ayuntamiento ni en casi ninguno. Por más que las asociaciones de familiares recordemos a municipios, gobiernos y mancomunidades el derecho de nuestros niños a disfrutar del ocio programado y financiado por la cosa pública, parece que no se nos oye bien. Cuando llamamos para inscribir a nuestros hijos, los funcionarios derrochan buena voluntad, pero no pueden darnos la solución que necesitamos. Lo que nosotros queremos es una decisión política sincera, personal y presupuesto, como hacen por ejemplo en la ludoteca de la UPNA, un servicio modélico que es muy fácil de copiar.
Mientras, tendremos que seguir engatusando a abuelas y amigos, buscando plaza en las actividades de nuestras asociaciones, pagando lo que sea a un buen canguro y oyendo discos en lugar de ir a conciertos. No pensamos cansarnos: la de nuestra hija no es una raza de ciudadanos de segunda, sino de príncipes y princesas que, como en los cuentos, se niegan a crecer, con lo que tenemos toda la vida para conjugar ese famoso verbo conciliar que, paradójicamente, a nosotros casi siempre nos rima con pelear.