pOR Europa se extiende un estado de malestar creciente. Las calles de Londres, Atenas o Roma en llamas muestran el hartazgo de la sociedad -de los jóvenes en mayor medida-, con unas políticas económicas que imponen el recorte de derechos sociales y laborales y el empobrecimiento de un número cada vez mayor de familias y ciudadanos. Europa ha abandonado la estrategia de políticas comunes para fortalecer su Estado de bienestar para deambular -con sus ineficaces y sumisos gobiernos presos de las amenazas de los mercados- en medidas reformistas diseñadas al dictado de los ideólogos del pensamiento único mercantilista. La presión de los mercados emergentes, donde la productividad campa al margen de derechos laborales y regulaciones sociales -con China a la cabeza-, el fortalecimiento de modelos políticos corruptos que asientan su crecimiento al margen de la legalidad internacional -Rusia, por ejemplo-, y la incapacidad política de Europa para plantear una agenda política y económica propias facilitan el auge del populismo derechista, en mayor medida aún cuando una política de inmigración egoísta socialmente, utilitarista laboralmente y torpe humanísticamente ha posibilitado explotar los discursos más demagógicos y racistas. Europa necesita reformar su Estado de bienestar porque la presión de sus dos grandes enemigos, el capital y el sistemático abuso de derechos en los ámbitos laborales y de prestaciones sociales amenazan con ubicarlo en el baúl de la historia. Pero para ello necesita recuperar la política democrática, la solidaridad humana y la justicia social como categorías sociales previas a la economía.