Vaya caretos que veo hoy asomarse a estas líneas, y hace ya casi dos días de la comida/cena de empresa. No lo tome a mal, pero no son años ya para ciertos excesos. Sólo hay que ir al gimnasio al día siguiente, y comprobar el aire que se respira, si es que a eso se le puede llamar aire, que yo ayer a mediodía eché de menos las branquias. Desconozco cómo fueron los menús y lo que vino después de los menús, pero el nivel tóxico debió de ser de consideración. Pensaba yo en ello subida a la bici estética así, a pelo, sin mascarilla ni nada, mientras en la tele nos contaban a cómo está ahora mismo el precio de la cabeza de macho vacuno en la lonja de Binéfar. Lo mismo alguien se sintió aludido, pero era el canal que habían elegido mis compañeros de pedaleo, y casualmente daban un programa sobre la situación actual del mercado ganadero que servidora seguía con gran interés porque, con tal de evadirme del paseo a ninguna parte, soy capaz de engancharme a las tramas más inhóspitas. Encontré además la elección muy acorde con el ambiente reinante. En ese preciso momento, lo más parecido a una lonja de animales en pleno sacrifico éramos nosotros.
La elección de lo que ves en la tele mientras haces ejercicio es cosa seria, y como tal hay que tomarla. A tal efecto, programas como Megaedificios, Megaconstrucciones o Megaestruturas me parecen estupendos, cualquiera de ellos. En siendo mega, todo nos viene bien. Tú estás echando la bufa, pero ellos también llevan lo suyo con su presa, su rascacielos de distrito financiero, su terminal de trenes, o lo que sea que toque montar esa semana. Nada mejor para enjugar tus sudores, que reconfortarte con el esfuerzo ajeno, más si es titánico, aunque no te puedas comparar. En el tiempo que tú te haces un par de kilómetros con la elíptica, esta gente es capaz de unirte medio Estrecho de Bering. Hay que ver lo que les cunde. Estoy por llamarles para que monten el árbol de Navidad.