EL hecho de que el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, lograra superar esta semana la cuestión de confianza en el Senado y, sobre todo, las mociones de censura conjuntas en la Cámara de los Diputados, en este caso por solo tres votos a través del repentino cambio de criterio e incluso la singular ruptura de la disciplina de partido de varios parlamentarios, no hace sino confirmar el arriesgado nivel de inestabilidad política e institucional en que se encuentra el país transalpino. Berlusconi, pese a celebrar el resultado de la votación como un triunfo, no ha superado las consecuencias políticas a las que le abocan su histriónica personalidad y su forma de gobernar, al mismo tiempo tan personalista como hedonista y tan populista como despótica. Su propio socio, el líder de la Liga Norte, Umberto Bossi, ya apuntó que, tras el proceso y el resultado de la moción de confianza, "lo único limpio es ir a votar". Y es que desde que el propietario de tres canales de televisión privados, la editorial Mondadori y el Milán AC de fútbol decidiera irrumpir en la política apoyado en formaciones e ideologías cercanas a la extrema derecha hace ya casi dos décadas, la vida política italiana se ha ensuciado con continuos escándalos políticos y personales derivados de una forma de entender el ejercicio del poder público como continuación del negocio privado o incluso como herramienta al servicio de este último. Berlusconi ha podido eludir cualquier responsabilidad al respecto mediante dudosas ingenierías parlamentarias con las que ha llegado incluso a forzar reformas legales que le otorgaran impunidad, pero la zozobra institucional, más patente aún desde la ruptura de la coalición con el FLI de Gianfranco Fini, se agrava ahora con la constatación de los graves efectos de la crisis económica. Pese a que el magnate y primer ministro ha tratado de silenciarla mediante todos sus resortes, el malestar empieza a aflorar en la calle, en ocasiones con violencia inusitada debido a su ya dura repercusión social tal y como se pudo comprobar en las manifestaciones contra su continuidad en el cargo. Y Berlusconi, que mantiene a Italia con una deuda pública del 120% del PIB, más de 1,8 billones de euros podría afrontar la obligación de presentar un nuevo paquete de recortes como los que debió aprobar hace unos meses y para los que en esta ocasión no contaría con el apoyo suficiente. Berlusconi ha logrado una victoria pírrica, la de retrasar la convocatoria de elecciones.
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