Definitivamente, y más allá de lo que pregone la publicidad, lasNavidades son un tiempo ambivalente, a caballo entre la exhibiciónde los mejores sentimientos y la cruda realidad, esas tragediascotidianas que no acallan los villancicos ni difuminan las luminariascallejeras y que por arribar en estas fechas ganan por comparaciónen dramatismo. Un periodo contradictorio en el que cualquierase halla inmerso en los rituales propios de cada diciembre nuestro-fiestas infantiles, aprovisionamiento de regalos y viandas,y demás liturgias- y de repente le sobrevienen reveses para evidenciarque el calendario sigue repleto de días negros. En mi modestocaso y tal vez en el suyo, en forma de accidental aborto de unapareja querida, súbita muerte del padre de un amigo, confirmaciónde que un familiar no acabará el año nuevo o anuncio de que otrocamarada lo comenzará sin trabajo salvo milagro de Olentzero,Papá Noel y los Reyes Magos, que será menester la conjunciónde los cinco de tanto que truena. Ya ven, uno que iba a ser felizpor decreto y lo es mucho menos a día 21 al empatizar con quienesmaldicen este ocaso de 2010. Lo que sin embargo induce la reflexiónde que, si nuestro estado de ánimo supera el aprobado, resultaobligado sobreactuar para levantar el de quienes se encuentranpeor y también porque alguna Navidad infausta llegará -por quéno la siguiente- y para qué penar por adelantado. Será que, cono sin fastos religiosos, las Navidades se han tornado en unaterapia colectiva imprescindible, en una indispensable catarsisde buen rollo. Que buena falta nos hace.
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