eN esta estrategia de globos sonda en la que el marketing se impone a las ideas en la comunicación entre gobernantes y ciudadanos, Zapatero ha aprovechado la habitual copa de Navidad con la que los políticos agasajan a los periodistas para anunciar que tiene ya decidido su futuro en relación a su candidatura en 2012 y que se lo ha transmitido sólo a un destacado miembro del PSOE y a su esposa. En realidad, no hay nada nuevo que sirva para poner fin a las especulaciones que desde hace meses rellenan informaciones y tertulias, más allá de acrecentar el desconcierto entre sus filas y el malestar que ya anida en los electores del PSOE. Seguimos sin saber si Zapatero ha decidido poner fin a su papel de líder del PSOE o si el elegido para la sucesión será Rubalcaba, Pepiño Blanco, Bono o Chacón. Aunque la terna inicial acongoja. Pero sirve para distraer la atención social de otras cuestiones como el progresivo desmantelamiento del sistema de protección social y laboral del Estado de bienestar -reforma del mercado de trabajo, reorganización del sistema de pensiones públicas, negociación colectiva, etcétera-, de mucha mayor influencia para los intereses individuales de decenas de miles de ciudadanos. Que Zapatero siga o no es además irrelevante a estas alturas. Con sus electores en desbandada tras la liquidación en apenas un año de los restos que aún flotaban del naufragio del proyecto político reformista que le aupó al Gobierno en 2004, a Zapatero no le cree ya nadie. Prometió una reforma política y económica para vertebrar el Estado plurinacional y aquello duró la primera Legislatura, y la voluntad democrática de los ciudadanos y ciudadanas navarras, de la CAV o de Catalunya fueron víctimas de esa primera renuncia ante la presión de la derecha política y mediática. La otra piedra angular de la alternativa de Zapatero era la sostenibilidad de un modelo económico y social progresista. Ya había renunciado a un modelo fiscal justo y progresivo para favorecer el fraude tributario, la avaricia financiera y las rentas altas. Ahora, también ha renunciado a la defensa de los valores de solidaridad y redistribución de la riqueza. No puede haber un debate real sobre el futuro político de quien ha ido dejando los principios que le auparon al poder y le aseguraron la confianza mayoritaria de la sociedad en los pasillos de Moncloa aplicando el programa electoral del original conservador PP sin rubor democrático y ético.