El frío de estos días refleja mejor que nunca el clima que padece Pamplona. Me he levantado de la cama y he visto que el cielo estaba gris, pero no sólo él, sino todo a su alrededor.

He mirado por la ventana y la parte vieja también la he visto gris. Calles peatonales por las que cruzan los coches a cualquier hora del día, aceras que se levantan cada dos por tres por acción divina, nombres de las calles en lo que lo único bilingüe es la palabra kalea, violinistas multados por alterar el orden público, bibliotecas -cerradas- cuyos libros tienen por misión coger polvo, cámaras que vigilan mis pasos, iniciativas populares borradas del mapa, fuentes que desaparecen para que consuma botellines de agua en los bares, obras que se ejecutan mal a posta para cobrar por ellas de nuevo, árboles a punto de ser talados? En definitiva, bien de cemento bajo los pies y en el interior de nuestras cabezas, que no para de crecer. Sí, la mía es una ciudad gris.

Tal vez contemple todo de este color porque estamos en Navidad y a mi casa no llega Papá Noel, que patrocina refrescos y tiene mejor marketing que nuestro Olentzero, pero lo último que quiero con estas palabras es que el Ayuntamiento trate de poner una sonrisa en mi boca trayendo un par de renos a la Taconera, puesto que se morirían del asco los pobres.

Seguro que Tamariz, que viene a Pamplona a principios de enero, es capaz de colarnos un truco y cambiarnos el color de la bandera de nuestra ciudad delante de nuestras narices. Imaginaros de qué color la pondría... aunque no es difícil adivinarlo si entra al Baluarte por la puerta principal.