resulta que el país administrado como monarquía parlamentaria se desploma, por mor tanto de esta crisis galopante como de la merma de credibilidad de los políticos profesionales, y la alocución navideña de su teórico guía en cuanto que jefe del Estado es la menos seguida de la década, extraviando 859.000 espectadores respecto de la Nochebuena anterior. Vamos que, si del gurú de Telecinco Vasile dependiera, en lugar de discurso regio aún más Gran Hermano, como hizo para sustituir al grande de verdad Gabilondo. No será más bien, querida audiencia, que lo que se halla en derrumbe es la Casa Real, cuyos miembros interesan más por cómo visten que por lo que hacen -poco y limitado a lo protocolario- y por supuesto dicen -menos todavía y mayormente leído-. Una institución la Monarquía necesitada de legitimidad democrática per se, aun otorgando a su gerifalte el mérito de haber aplacado a los exégetas del Arriba España e incluso de frustar el golpismo aquel 23-F, ya que el mantenimiento de una casta de privilegiados blindada por la sangre socava el espíritu de un sistema representativo cuyo basamento es por definición la igualdad traducida en un ciudadano, un voto. Así que, como el cálculo de la cuota de pantalla sólo sirve por aproximación, que las urnas decidan de una vez ahora que se acerca la sucesión en Zarzuela. Porque, admitiendo que difícilmente hubiera mediado el advenimiento de la democracia sin la consagración constitucional del juancarlismo, a monárquicos y republicanos nos asiste el derecho de someter a don Felipe al dictamen del sufragio universal.
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