ESTÁN los hosteleros que fuman en pipa. El propietario de un bar se me quejaba amargamente al otro lado de la barra la tarde de Nochebuena mientras la clientela hacía piras de cigarrillos en la boca intentando aprovechar las últimas horas en las que van a poder compartir alcohol con tabaco y conversación. El local tenía una leve capa de humo que flotaba sobre las cabezas de los clientes, se supone que todos ellos, también los no fumadores, acostumbrados a este hábitat. Los hosteleros tienen razón en sus quejas; tanto como la prohibición de vender y consumir tabaco, les tortura que las obras realizadas anteriormente por decreto -inversiones económicas de alguna cuantía-, amanecido el 2 de enero no habrán servido para nada. La clientela también anda enrabietada. Tengo para mí que la autoridad sanitaria acabará organizando una unidad de vigilancia que persiga a los fumadores; acorralarlos en las puertas del trabajo o en las zonas señalas de los aeropuertos sólo era la primera maniobra para su identificación. Ahora deberán andar con cuidado; porque como caminen cerca de un parque infantil y el viento empuje el humo a las proximidades de los niños, algún pequeñajo tosa o un adulto se queje, vamos a tener un altercado de orden público. Que quede claro que, salvo los escarceos desafiantes de la adolescencia, no he fumado nunca. Pero si me preocupa la salud de los fumadores activos y de los pasivos, no dejo de reconocer el acoso asfixiante, casi la persecución, a la que se está sometiendo a los fumadores. No es un asunto de salud o de justicia, sino de convivencia.