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Vocabulario en los frontones

La práctica del juego de la pelota a mano se puede afirmar sin miedo a equivocarnos que es la señal de identidad de los deportes practicados principalmente en Navarra, en la Comunidad Autónoma del País Vasco, independientemente de que el fútbol se lleve la palma en cuanto a número de seguidores. No hay pueblo que no se precie de tener su frontón acorde con el número de habitantes, y fruto de ello es la proliferación de pelotaris que a lo largo de los años van engrosando la lista de tantos deportistas dedicados al juego de la pelota y que sus nombres, muchos legendarios, permanecen en los anales de la historia.

Ciñéndonos a Navarra, son numerosos los campeonatos que se organizan a lo largo del año, además de los jugados por profesionales. Podíamos estar hablando horas de las virtudes de este deporte, de la nobleza de quienes lo practican, de la dificultad que entraña en cuanto a esfuerzo físico, de no verse nunca salpicado por escándalos tan prolijos en nuestros días..., pero yo quiero fijarme en lo habitual que se ha convertido el escuchar en los diferentes frontones, por parte de los contendientes, blasfemias secas, pronunciadas con rabia, que suenan en el silencio de los espectadores, en ocasiones se leen en los labios de los pelotaris a través de la pequeña pantalla, al fallar un tanto, como si se reprodujeran con un amplificador, causando una nefasta impresión entre los asistentes que con toda seguridad repudian estos comportamientos, pero que a día de hoy poco o nada se hace por parte de quien corresponda para tratar de evitar esta triste manera de proceder.

Modestamente pienso que estos comportamientos de determinados pelotaris, que se va poco a poco generalizando, se debe a falta de personalidad, complejos de inferioridad, impotencia ante una adversidad y una serie de calificativos que se podían añadir sin ánimo de ofender a nadie. Que en un pasado reciente lo inició algún contendiente, que poco a poco se fue oyendo con más frecuencia, y que los chavales que empiezan aprenden y lo hacen en la creencia de que así son más hombres, más hechos, más guays.

Puede uno pensar como quiera, ser cristiano, ateo, laico, agnóstico, pero todos los que asisten a un frontón están unidos por la misma afición y lo cortés no quita lo valiente. Puede uno manifestar su decepción en ese momento con infinidad de gestos que no molesten a nadie y, sobre todo, que no dejen en evidencia su personalidad, como se hace en todas las disciplinas deportivas.

¿Quién se imagina a nuestro insigne y querido Miguel Induráin blasfemando porque su rival le ha arrebatado una etapa? ¿Quién se imagina a los jugadores de Osasuna proferir esos exabruptos por haber descendido de categoría? ¿Qué pensaríamos si Rafa Nadal, Fernando Alonso, Pau Gasol, Ángel Nieto, Iker Casillas y un largo etcétera, entre todas las modalidades deportivas, se explayasen así ante las adversidades y fracasos personales?

Entonces, ¿por qué en la pelota ocurre eso? Pues sencillamente porque nadie ha dado un paso para educar a los pelotaris desde sus inicios, enseñarles a competir, preparándolos para la victoria y para la derrota, respetando al adversario, siendo honrados y educándolos como personas. Pero, claro, los chavales ven a los mayores el comportamiento que tienen ahora, que nunca ha ocurrido así, y es normal que al sembrar vientos se recojan tempestades.

En la práctica de un deporte, lo mismo que en el comportamiento normal en el desarrollo de la vida, no se puede herir la sensibilidad de nadie y es preciso poner coto a este desmán que en nada beneficia al deporte en sí, independientemente, repito, de las creencias de cada cual.

Tal vez ha llegado la hora de que, comenzando en la familia, siguiendo por los clubes, las federaciones, las empresas, se tomen una serie de medidas encaminadas a eliminar este tipo de comportamientos, ajenos a lo que es el deporte en sí y que, lejos de engrandecer el juego de la pelota, nos lleva a comportamientos cavernícolas. Siempre se ha fumado y mucho en los frontones, parecía imposible erradicar esa costumbre, pero una ley lo ha hecho posible, ya es totalmente normal un frontón sin humos y el no acatar la ley conlleva consecuencias económicas que, en definitiva, es donde más nos duele a todos, razón por la cual son las más efectivas. ¿Para cuándo reglamentar el vocabulario que se emplee en los frontones en particular y prevenir algún tipo de sanción económica por parte de las empresas en caso de infracción?