Osasuna perdió el sábado contra el Barcelona, pero a mi alrededor dominó una sensación inesperadamente buena. Pese al resultado y al dominio del rival, quedó la idea de un equipo valiente y competitivo. Casi todos se quedaron con buen sabor de boca, yo no. Esto me llevó a repasar el partido para comprobar si estaba muy equivocado.
Empecé así a confirmar en diferido lo que había intuido en directo. El primer gol del Barcelona vino a hurgar en la misma herida que se había abierto ante el Sevilla el domingo anterior. De nuevo con el marcador a cero, de nuevo pasada la hora de partido, de cabeza y en la misma portería, la de los goles, la que ahora se defiende en la segunda parte. En el fútbol moderno el campo se divide en cinco carriles verticales para organizar roles y responsabilidades. Los exteriores, uno y cinco, pertenecen a bandas y extremos, el carril tres es el eje central, dominio de centrales y mediocentro. Entre ambos aparecen los pasillos interiores, dos y cuatro, espacios sin dueño fijo cuya defensa exige coordinación constante. Son los más expuestos y por tanto vulnerables, porque desde ahí se generan ángulos de remate y pases ventajosos. Cuando esos pasillos se descuidan, por cansancio o mala asignación, pasa lo que pasa.
El pasillo cuatro, ese espacio que tanto preocupa a Lisci y cuya amenaza era una de las razones que utilizó para justificar su defensa impar de los primeros partidos. El territorio ambiguo de la derecha del atacante que no es ni del lateral, ni del central, ni del interior. Todo se detuvo durante cinco interminables segundos en ese lugar de nadie. Todo menos las cabezas de Rashford y Lewandowski. Por ahí empezó a escaparse el partido. Si hubiera sucedido en el minuto 10, entre Moro y Galán es muy posible que se hubieran chocado por disputar ese balón. Si alguien quiere explicar claramente en qué consisten los pasillos interiores, debería utilizar este corte o el de la semana pasada ante el Sevilla.
El equipo acabó en todo lo alto tras el 1-2 y el acoso final ante el líder y casi campeón, y esta puede ser una de las razones del buen sabor de boca general. Seguro que Alessio lo ha visto y espero que esto no le dé carnaza para volver a la defensa impar, que tan malos recuerdos nos trae. En mi opinión, aquello era “matar moscas a cañonazos”, pero, y siguiendo con el lenguaje figurado, aunque no sea con cañones, las moscas, cuando aparecen, conviene neutralizarlas.cosa. l
El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA*