Es lo que tiene enfrentarse a un acorazado con la dotación y el armamento del Barcelona: aflojas la tensión medio segundo y te hunden con un gol. O dos. Como ayer. El buen desempeño de Osasuna durante ochenta minutos, que más allá de ofrecer resistencia, generó ocasiones para ponerse por delante en el marcador, defendió con disciplina prusiana, exprimió los pulmones en cada carrera y cerró vías con la precisión de un fontanero, pese a todo ese derroche, no fueron argumentos suficientes para salir vivos y con ilusiones reforzadas de este combate con el inminente campeón de la Liga. A nadie le deja satisfecho una derrota, pero el equipo de Lisci entregó en el campo todo lo que tenía, interpretó los planes al milímetro y tuvo el coraje y la personalidad de no entregarse con dos goles en contra y volver a poner en apuros al Barça tras el gol, uno más, de Raúl García de Haro. Los ocho minutos de prolongación fueron un regalo para la hinchada, que volvió a soñar con un final como el escrito días atrás con el Sevilla como rival. Quizá esta vez faltó un minuto para lograr el objetivo, pero la afición agradeció el esfuerzo.
Decía que tener enfrente al Barcelona obliga a una concentración extrema y Osasuna sufrió una doble desconexión, un breve apagón que el rival rentabilizó para birlarle los puntos. Esa mínima actitud contemplativa mientras Rashford oteaba el área en busca del desmarque de Lewandowski –quizá Galán trataba de coger aire después de tantas carreras por la banda y no encimó al inglés cómo exigía esa zona del campo y Raúl Moro tampoco colaboró mucho– fue como dejar cargar el arma a un francotirador acosado. Demasiado sencillo para futbolistas con tanta precisión. De hecho, creo que es el único remate entre los palos del delantero polaco, incomodado toda la noche por el buen trabajo de Catena y Boyomo. Apenas cinco minutos después, una pérdida de balón de Moro tras un saque de banda la aprovechó el Barça para hacer gol en tres toques. El extremo que llegó como refuerzo de invierno sale retratado en los dos goles, pero también hay que aplaudirle su papel protagonista en la primera parte, cuando los balones largos de Osasuna sorprendieron en más de una ocasión a la defensa blaugrana.
Ese fútbol de resistencia y balones a la carrera, tan del gusto de la hinchada, viene a corroborar que Lisci es un estratega versátil, que le gusta que su equipo tenga el balón, pero que puede renunciar a ese método y adoctrinar a sus jugadores con otras interpretaciones del fútbol. De hecho, a nadie sorprendió cómo se plantó Osasuna y cuál era su plan de partido. En ese guión se echó en falta a Víctor Muñoz porque este era un partido a la medida de su velocidad y de su hambre por progresar como futbolista. Con el pelirrojo, la defensa avanzada del Barcelona habría estado más tensionada y hubiera tenido más problemas para ejecutar el fuera de juego, trampa en la que los rojillos cayeron hasta en seis ocasiones.
Sin embargo, la ausencia de Víctor deparó una carrera memorable de Budimir. Si de Pelé la leyenda recuerda el famoso ‘no gol’ a Uruguay en el Mundial de México de 1966 (tras hacer una finta sin balón a Mazurkiewicz no logra embocar la pelota en la portería), del croata quedará memoria de esa carrera de más de 50 metros que cubrió en ocho segundos con la pelota en su pie izquierdo, el amago que desequilibró a Cubarsí y Cancelo, y el chut con el exterior para estampar la pelota en el palo. Si marca, tendría ya su propio altar en la Iglesia Maradoniana, pero esta vez se quedó a la altura de Pelé.
Pese a la derrota, hay que sostener la ilusión por meterse en Europa. Lisci ha entendido el significado del verbo intentar para el osasunismo. Ayer el equipo lo intentó con todas sus fuerzas y la hinchada lo valoró con orgullo. Queda Liga y hay que seguir conectados.