Cuando el sábado fui al Baluarte a escuchar, en el marco de los llamados Encuentros, el diálogo entre Ramón Andrés y Pascal Bruckner, lo primero que sentí fue la alegría de ver la sala llena. Temía tener que avergonzarme de mi ciudad, con todo, muy querida, y no fue así. Qué bien. A veces, creemos que somos peores de lo que somos, ¿por qué será? A veces no nos tratamos como deberíamos. Entre nosotros. A nosotros mismos, quiero decir. A veces no nos perdonamos no sabemos qué. Cargamos sacos de pena y culpa fantasmales. Nos autoflagelamos, que decía Andrés. Y no creo que autoflagelarse sirva de mucho. Además de suponer un raro exhibicionismo, claro. Que Europa y los europeos atravesamos un momento crítico, no es que sea indiscutible, es peor: es un inicio. Las crisis superpuestas y sucesivas en este patio de colegio lleno de bandas y matones que ya es el mundo, van, en adelante, a constituir nuestra normalidad, creo. Sospecho. Prefiero creer que lo sospecho a creer que lo sé. No obstante, por consiguiente, siempre ha sido así, creo también. Lo malo es que, las crisis de ahora, emiten ya todas un fatal e inquietante fulgor apocalíptico. Y a los medios les chifla, me temo. Le fascina todo ese rollo diabólico de la destrucción final y sus aberrantes distopías previas. Nos lo han metido en la boca y nos lo hemos tragado, glup, ya está. Así que le agradezco a Bruckner que intentara transmitir confianza en la racionalidad de los valores democráticos y en la fuerza moral de los derechos humanos ante los inminentes autoritarismos que ya están ahí. Andrés también abundó en eso. Es lo que tenemos, dijo. Hay que salvarlo. Y sí, lo sé. Pensar que aún podemos, representa una especie de optimismo elemental al que no se puede renunciar. A veces parece que ya hemos renunciado, claro, pero no es así. No lo es. Me lo digo y me lo repito a mí mismo una y otra vez: no lo es, no es así, no puede ser.
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