El martes 15 Rusia lanzó misiles hacia varios lugares de Ucrania, en una nueva jornada descorazonadora para nadie que tenga un poco de estómago y que esté realmente desesperanzado por el propio hecho de la guerra, de la ansiedad que genera que vaya a peor y se extienda y por la cerrazón a negociar que parece haber. Por la tarde, los medios comenzaron a cambiar sus pantallas y sus webs y anunciaron en grandes titulares y avisos que dos misiles rusos habían matado a dos personas en Polonia, en la frontera con Ucrania. La típica cosa que lees y se te sube toda la sangre a la cabeza y te entra un miedo importante. Polonia forma parte de la OTAN y un incidente así, aunque hubiese sido accidental, podría haber llevado el conflicto a un escenario aún más inquietante. Misiles rusos. Así decían las informaciones. A la mañana siguiente, varios medios aún tuvieron el cuajo de abrir sus ediciones en papel con lo de misiles rusos. Eran defensas áreas ucranianas. Es obvio que los misiles antiaéreos ucranianos no hubiesen caído ahí de no haber un ataque ruso, pero no es menos obvio que no eran misiles rusos. Esto ni quita ni pone nada a lo que pueda opinar de la terrible invasión, sus efectos, las barbaries y todo esto que queramos: pero no eran rusos. De hecho, ya a las 9 de la noche en twitter miles de tuiteros anunciaban que por las fotos enviadas por los polacos eran restos de los S300 ucranianos. Estados Unidos y la OTAN fueron mucho más cautelosos y pidieron tiempo para conocer detalles, así como hizo el gobierno polaco. Los medios tardaron horas en pasar de la seguridad de que eran rusos al “habrá que ver”. Pocas horas más tarde se confirmó: eran ucranianos. Como periodista siento una profunda decepción, también porque son informaciones muy sensibles, que juegan con el estado anímico de millones de personas en el mundo. Qué no nos tragaremos. Unos y otros, claro.