La cuenta atrás ya ha comenzado en la lencería Cachemir, un comercio del barrio de San Juan que, tras casi 50 años de actividad, busca relevo para evitar su cierre definitivo. Su propietaria, Mari Carmen Leoz Echenique, se jubilará en agosto, cuando cumpla 65 años, y ha decidido traspasar el negocio ante la falta de continuidad familiar.
“Pensé en hacer un traspaso, ya que es un negocio de toda la vida y sé que tiene posibilidades. Al no tener a nadie que continúe, preferí traspasarlo antes que cerrarlo”, explicó. Aunque reconoce que la decisión no ha sido difícil, sí admite un inevitable vacío emocional: “Sí que hay un sentimiento de tristeza, después de casi 50 años con el negocio, pero son etapas de la vida”.
El local, situado en la travesía de la calle Monasterio de Urdax, mantiene por ahora su actividad habitual y una clientela fiel que ha acompañado al negocio durante décadas. “Lo estamos viviendo con pena, tanto yo como las clientas, pero también con la aceptación de que voy a pasar a otra etapa de mi vida”, señaló.
De tienda de lanas a referente en lencería
Cachemir abrió sus puertas en 1977 de la mano de Carmen Echenique Oscoz, madre de la actual propietaria. En sus inicios, el establecimiento funcionó como tienda de lanas de la marca Phildar. Fue en torno a 1984 cuando el negocio dio el giro hacia la lencería, especialización que ha mantenido hasta hoy.
Mari Carmen Leoz se incorporó con apenas 17 años y desde entonces ha desarrollado toda su vida laboral en el negocio familiar. “Ha significado prácticamente todo. Es un negocio que creó mi madre y, sentimentalmente, me da pena cerrarlo. Por eso me gustaría que alguien continuara con él”, afirmó.
Confianza en el barrio
Más allá de su actividad comercial, Cachemir se ha convertido en un punto de referencia para varias generaciones de clientas en San Juan. La cercanía en el trato ha sido una de sus señas de identidad. “Con muchas de ellas, después de tantos años, se ha creado una amistad”, explicó Leoz.
La posible desaparición del negocio no solo supondría el cierre de una tienda, sino también la pérdida de un espacio cotidiano en el barrio. “Es una pena para las clientas, ya que es un sitio cercano, de confianza y necesario. Este tipo de comercio está desapareciendo en Pamplona”, aseguró.
Pese a la incertidumbre, su propietaria insiste en que el negocio sigue siendo viable. “Creo que la tienda funciona y puede dar para vivir si se trabaja bien. La venta es sencilla, porque muchas personas vienen buscando productos concretos”, señala. De cara al relevo, Leoz tiene claro el perfil ideal: “Alguien con ilusión y ganas de trabajar”. Además, ha ofrecido su ayuda en los primeros pasos para facilitar la transición: “Estaría dispuesta a enseñarle proveedores, clientela y el funcionamiento del negocio”.
Un adiós con agradecimiento
A las puertas de su jubilación, la propietaria mira al futuro con tranquilidad. “Quiero vivir de otra manera, sin horarios ni preocupaciones, con una vida más relajada”, afirmó. Sin embargo, el vínculo con la tienda y con quienes la han sostenido durante décadas permanece intacto. “Me quedo con la relación creada con las clientas: la confianza y la amistad”, explicó.
A Leoz le gustaría que se recordara el negocio con sencillez: “Es un negocio de casi 50 años, iniciado por mi madre, donde hemos trabajado y donde se han creado buenas amistades”. Un legado que ahora espera continuidad.