Así como si nada, viviendo, quitando día a día hojas del calendario, ha llegado la Navidad. Nunca se presenta de golpe pero casi siempre te la encuentras de repente. La Navidad más que vivirla hay que atravesarla, con sus paradas y destinos, con sus idas y venidas, con su lado bueno y el que no lo es tanto, con los compañeros de viaje y con los que te tocan al lado. Son días de mucho que a veces se quedan en nada. Otras veces sientes su plenitud enriquecedora. Como los viajes, que por mucho que los imagines, hasta que los recorres no sabes qué huella te dejarán. Este año además es una vuelta a lo conocido después de dos años transitando por experiencias nuevas. Un volver a encontrarnos con familia y amigos en esos días propicios para lo bueno, para el abrazo, para sacar lo mejor de nosotras mismas, para disfrutarnos y querernos como somos, sin artificios, sin más luz que la que llevamos puesta cada día, sea o no Navidad. Para estar con aquellos a quienes queremos, empezando por una o uno mismo, a los no siempre dedicamos el tiempo, la palabra y la atención. Hay un poco de nerviosismo en esta vuelta a lo de “siempre”, a la tradición, a las citas de calendario, porque cuando algo se para de golpe y arranca de nuevo ya es diferente, y eso es un aliciente, una puerta abierta, un cambio, una oportunidad para escribir desde cero lo que de verdad quieres que sea. Es tiempo de Navidad, y eso ya determina un cierto estado de ánimo colectivo. Hay quien es feliz en este tiempo y quien se escapa de él, pero lo queramos o no hay que atravesarlo. Aprovechar que es tiempo de deseos. Desear está bien, es mirar al futuro como algo posible. Es ilusionarte con lo que está por llegar. Otra cosa es soñar con lo imposible y acabar en la frustración de lo que no se logrará. Es buen momento para concentrarnos en lo pequeño, en lo cercano, en lo posible. Tenemos mucha suerte de vivir donde vivimos, de estar y sentirnos bien, de tener la posibilidad de ilusionarnos, de saber que a la mayoría no nos faltará la luz en nuestras casas, ni la comida en la mesa, ni el gas para calentarnos. Habrá otras navidades cerca muy diferentes, sin árbol, sin esperanza, sin luz, bajo la mirada oscura y dañina de las guerras. Puestos a desear y soñar con el futuro, ojalá llegara la paz allí donde hay guerra y la abundancia que nos desborda estos días, a los rincones donde menos tienen. Hay mucho que desear para seguir soñando con un mundo mas justo, solidario e igual para todos y todas.